‘Foxcatcher’: Trofeos

Este drama, basado en hechos reales, lo que, junto a las biopics,  es una tónica de las cintas norteamericanas más premiadas del pasado año, venía precedido de las mejores referencias y reconocimientos. Tales como el Premio al Mejor Director en Cannes, nominaciones a los Globos de Oro, a los BAFTA, a los Independent Spirit Awards, a los Satellite Awards y…, por descontado, con cinco de ellas, a los Oscar.

Su responsable es Bennett Miller – cosecha del 66, ‘Capote’ – ; su metraje, de 134 minutos; su escritura la comparten Dan Futterman, E. Max Frye y Kristin Gore; su banda sonora se debe a Rob Simonsen y su fotografía a Greig Fraser. La historia remite a la relación de dos hermanos, primero uno y luego ambos,  medallistas olímpicos de lucha libre, con un rico heredero que financia su preparación y crea un campo de entrenamiento de alto nivel en su suntuosa mansión.

Miller muestra en esta cinta, contenida, siniestra, sombría, opresiva y terrible, un retrato en negro, de calidad superior, sobre una mente perversa, para la que el poder del dinero lo compra todo. Sean personas, afectos u oros deportivos. Para la que todo ello es un sucedáneo de su frágil ego y sus carencias afectivas. De un déspota, aparentemente educado, que colecciona trofeos humanos y que somete a sus ‘protegidos’ a sus reglas sin posibilidad de rebelarse.

Ambientada en los ochenta en una Norteamérica que abandonaba a sus mejores atletas a su suerte y que fue el caldo de cultivo para los abusos de personajes como el citado. Pero también nos habla de dos hermanos, unidos por profundos lazos afectivos y por rivalidades deportivas.  Y de un joven cuya orfandad paterna se proyectó en la persona equivocada. Una inquietante lectura política, un drama psicológico denso e intenso, una mirada a las clases sociales y a la maldad intrínseca de un injusto reparto de la riqueza. Con el deporte y la competición de fondo.

Su oscuridad sin paliativos está vehiculada en una puesta en escena llena de matices, inteligente y austera, en la que cada detalle que lleva al pathos final,  nos es revelado en toda su inquietante y matizada complejidad. Con tres actores, tres, superiores. Steve Carrell, irreconocible y en la cima de su talento. Mark Ruffalo, confirmando el suyo. La sorpresa es un excelente Channing Tatum, que lleva gran parte del peso del metraje, con su evolución personal desde la inocencia sumisa hasta la rebelión. Conmovedor y potente, no se explica su exclusión de los Oscar, estando sus compañeros justamente nominados.

Siendo esta una cinta de temática y protagonismo masculino, se agradecen las fugaces, pero relevantes, presencias de Sienna Miller y, sobre todo, de la gran Vanessa Redgrave, toda una lección de sabiduría, en el ser, en el mirar y en el estar. Por ello, y por tantas cosas más que no deben ser explicitadas, sumérjanse en sus abismos y no se la pierdan.

 

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