‘Nadie quiere la noche’: Contra el viento del norte

La escritora y viajera estadounidense Josephine Cecilia Diebitsch, contaba 25 años cuando se casó con Robert Peary, explorador, con quien tuvo dos hijos, un niño y una niña, el bebé de la nieve, como la llamaron, pues nació en ella. Perteneciente a la alta burguesía ilustrada de su país, escribió en ‘Mi diario ártico’ sobre “los muchos meses de sólido consuelo real y la felicidad que goza la mujer que, cuando deja casa y amigos, se la advierte que se prepare para soportar todo tipo de penurias”. Fuentes de las imprescindibles Wikipedia y de Dona Havia De Ser. La National Geographic Society le concedió su máximo honor, la medalla de oro.

Isabel Coixet, cosecha del 60, recupera para el cine a esta dama intrépida, valiente y nada convencional, pese a su cultivo extremo de las formas aún en las situaciones más límites, en esta película que nos ocupa. Y lo hace describiendo su viaje al encuentro de su marido, en 1908, cuando él estaba a punto de ‘coronar’ el Polo Norte. Cosa que hizo, presuntamente, un año después. Más de doce meses… De los cuales, varios bajo la tiranía de un feroz invierno de noches eternas. Nadie quiere la noche.

Y lo hace dividiendo sabiamente la cinta en dos partes bien diferenciadas. La llegada a Canadá de la protagonista para preparar la expedición hacia el campamento base, en el que supuestamente se encuentra Robert Peary, a quien no ha visto desde hace mucho tiempo, a quien ha visto muy poco desde que contrajeron matrimonio.

En la que ella nos muestra su rostro más altivo, colonial, clasista y xenófobo, disfrutando con la caza de hermosos animales pero, sin olvidar su amor por la música, la civilización y la belleza en todas sus formas. Allí se confronta con un guía blanco – excelente Gabriel Byrne – y hace oídos sordos a quienes le ruegan que desista de tal despropósito, en el que se mantiene firme.

Y otra en plena expedición, afrontando los rigores extremos de una naturaleza inclemente. Afrontando las pérdidas y las deserciones de sus compañeros.  Afrontando riesgos crudos e insoportables, hasta quedarse a solas con una  esquimal, guía y compañera. Tan semejante y tan opuesta, con la que comparte más cosas de las que imagina…

118 minutos de metraje. El guión lo ha escrito Manuel Barros. La bellísima fotografía es de Jean-Claude Larrieu. La hermosa banda sonora, de Lucas Vidal. Una producción impecable, una factura majestuosa, unos paisajes que cortan el aliento al servicio de una historia de exploración, de iniciación, de descubrimiento, de transformación, de solidaridad y de amistad profundas. Con una inmensa Juliette Binoche, superándose a sí misma, a la que Rinko Kikuchi da una réplica más que digna

Otro giro radical de la realizadora, desde la comedia ambientada en La Ciudad por excelencia de ‘Aprendiendo a conducir’, hasta este drama del siglo pasado, en la tundra más hostil. Intensa, profunda, absorbente, emotiva, épica y lírica expedición de una mujer, de dos mujeres, contra el viento del norte, contra toda razón y contra toda lógica. En busca y a la espera del hombre ausente y encontrándose a sí mismas en la solidaridad y en el afecto mutuos.

La comentamos, junto a la Palma de Oro del pasado Festival de Cannes, ‘Dheepan’, de Jacques Audiard,  esta tarde, a las 19.30, en nuestra tertulia de cine de La Casa del Libro, en la calle Velázquez. Entrada libre. Si la han visto, y aunque no lo hayan hecho, están invitados-as. En cualquier caso, háganse el regalo de no perdérsela.

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