‘La bruja’: Malleus maleficarum

Estados Unidos, 2015. 92 minutos de metraje. Escrita y dirigida por Robert Eggers. Con una prodigiosa fotografía de Jarin Blaschke y una partitura ad hoc de Mark Korven. Mejor Dirección en Sundance. Ha sido considerada una de las óperas primas más deslumbrantes del año y es una de las elegidas para debatir en nuestra próxima tertulia del miércoles, 1 de junio.

Combina el drama, el terror y el thriller psicológico, con las formas del cine independiente, para narrar las desventuras de una familia de colonos, en la Nueva Inglaterra de 1630. Una familia, expulsada de su comunidad por la intolerancia religiosa del patriarca, que achaca los infortunios que les van sucediendo, a partir de ese momento, a las cercanías de un bosque más que inquietante.

Quien esto firma, se ha sentido fascinada por su puesta en escena tan estilizada, sugerente y desasosegante. Por su factura tan peculiar. Por su manera de abordar el terror para que penetre, insidiosamente, en cada plano, en cada secuencia, en cada imagen, sin hacer casi ninguna concesión a los clichés del género y del sobresalto. Por su belleza formal, por su hermosura turbia, como… paradójicamente fría ante su historia.

Pese a todo, prefiere registrar en esta entrada esta aparente contradicción y tratar de desentrañar por qué un filme precedido de unas críticas tan superlativas como unánimes, con todos sus valores reconocidos, la ha dejado tan indiferente a un nivel emotivo, a un nivel sensorial.

Algo posiblemente achacable a  la falta de gradación de la tensión dramática; a ciertas inconsistencias y reiteraciones del guión; al esquematismo y nulo desarrollo de los personajes, a pesar de sus conflictos y turbulencias tan incandescentes. Con la excepción de los dos femeninos y pese al excelente trabajo de un reparto entregado. Otra contradicción…

A su carencia de espíritu, con todos los que la pueblan… Y de intensidad.  A estar habitada por una belleza sin alma, en la que el estilo le gana ampliamente la partida al contenido, desde la experiencia como espectadora de quien esto firma. A ser, por cierto, más conservadora de lo que debería, pese – o precisamente por ello – a su aparente neutralidad con los hechos relatados.

Pero, desde luego, esta es una impresión más que minoritaria. Hay que verla y experimentarla.

 

 

 

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