‘La virgen de agosto’: Cuento de verano

A quienes, por diversas circunstancias, permanecen durante esta estación, y este mes, en las ciudades vacías y tan diferentes de cualquier época del año…

 

… Como quien esto firma, sin ir más lejos. Por eso conoce de primera mano la experiencia que narra el guionista y cineasta Jonás Trueba – cosecha del 81, con una filmografía nada convencional en su haber en la que destacan títulos como ‘Todas las canciones hablan de mí’ (2010), ‘Los ilusos’ (2013) o ‘Los exiliados románticos’ (2015) cuya crítica pueden encontrar en estas mismas páginas – en esta su última propuesta – de 125 minutos de metraje, escrita por él mismo y por la estupenda protagonista, y su compañera en la vida real, Itsaso Arana y excelentemente fotografiada por su habitual Santiago Racaj – y la conoce…

… No porque tenga nada que ver, ni generacionalmente, ni a efectos de personalidad, con su personaje central, una joven treintañera que decide quedarse en agosto en un Madrid distinto – en casa de un amigo ausente – y dejarse llevar por situaciones, encuentros y reencuentros en terrazas, bares, eventos y verbenas como las de La Paloma  – que le darán un cierto sentido a sus indecisiones y desarraigos…

… Sino porque conecta con lo mostrado en la crónica de una quincena – que comienza el 1 y culmina el 15 – estructurada a modo de capítulos que la describen día a día, iniciándose en algunas madrugadas – tan ligera como densa, tan sutil como compleja, tan sabia como aparentemente epidérmica, tan elegante como contenida y tan emotiva como minimalista, entre otras tantas cosas que nos regala aquí la muy notable e incisiva mirada de su realizador.

Sino porque conecta con ese cambio de atmósfera; con esa ausencia de las tensiones urbanas al uso; con ese devenir cotidiano tan azaroso como intenso; con esa inversión espacio-temporal; con esos lugares conocidos que se convierten en espacios propicios para todas las citas, para todos los debates, para todas las reflexiones; para socializar de una forma tan receptiva como libre: con ese ritmo único a la vez próximo y excepcional.

Desde el hilo conductor narrativo de una mujer que podría ser perfectamente una heroína romehriana, con una atmósfera y ritmo también deudores de los del añorado realizador, sin que esto le reste ni un ápice a la personalidad, señas de identidad, puesta en escena y enfoque singulares e intransferibles de Jonás Trueba que transmite y te hace sentir y respirar la vida en cada plano, sin subrayados, pretensiones, ni trascendencias, ni móviles o pantallas planas que interfieran las comunicaciones y las charlas. Y ese final… Con un reparto en estado de gracia en el que destacar también a sus habituales Vito Sanz e Isabelle Stoffel.

Premio FIPRESCI y Mención Especial del Jurado en Karlovy Vary, estamos ante una pequeña joya, rara avis en nuestro panorama cinematográfico, que nadie, nadie, nadie debería perderse.

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