‘Malasaña 32’: Los espectros del franquismo

El número 32 de la calle Malasaña no existe, como así lo advierte un rap en los títulos de crédito Tampoco hay ninguna casa supuestamente encantada allí, ni inmueble alguno con reputación siniestra. Aunque sí en las inmediaciones, el tres de Antonio Grilo, donde tuvieron lugar asesinatos escalofriantes, aunque de ellos no se derivaran consecuencias paranormales. Así que no puede decirse que esta historia esté basada en hechos reales, estrictamente hablando. Fuentes: hipertextual y El Confidencial. Escrito queda, para que conste.

Pero… las criaturas dolientes que la habitan, vivas o difuntas con algunas excepciones, son víctimas en distintos grados de la aterradora dictadura que asoló este país durante casi 40 años. Aunque la película – de 104 minutos de metraje, cuyo responsable es Albert Pintó, cosecha del 85; cuyo guión escriben Ramón Campos, Gema R. Neira, Salvador S. Molina y David Orea y cuya banda sonora con canciones de la época se debe a Lucas Peire y Frank Montasell – esté ambientada a finales de los años 70, en plena Transición.

Una Transición nada modélica y una historia que recoge tantos daños colaterales del llamado Regimen como la huida a la ciudad desde el medio rural, como la asfixiante moral imperante, como la homofobia más feroz, como la especulación inmobiliaria que hace mella en los más débiles, como las condiciones laborales en la que los derechos no están regulados, como el encierro forzoso entre cuatro paredes, como el maltrato infantil o el odio al diferente…

Todo ello nos es mostrado a través de la familia protagonista, compuesta de madre, padre, un hijo joven, una hija adolescente y un niño. Una familia de clase obrera, que luego se descubrirá como nada típica y portadora de sus propios fantasmas y secretos, que lo ha hipotecado todo para trasladarse a la capital.  Y a una casa que se revelará como la peor de sus pesadillas. Un hogar que fue también una cárcel, en más de un sentido, para alguien condenado por sus deseos y afectos y que siente una ambivalencia tan conmovedora como letal por l@s “intrus@s”.  Entre quienes están un posible enamorado, un alter ego infantil o una chica que tiene algo que le resulta muy valioso.

Todo este potencial narrativo, que está ahí y es lo mejor de esta película, se ve lastrado de alguna manera por la concesión al género y a la cuota de sobresaltos. Y aunque se utilicen con inteligencia objetos cotidianos para provocarlos – en unos interiores tan sombríos y desasosegantes como el futuro de sus moradores, que nos van dando pistas sobre la atormentada y terrible historia del espectro – no hacía falta recurrir a esa escena grandguiñolesca protagonizada por Concha Velasco y su hija en la ficción para confirmarla y explicitarla.

El reparto es solvente y la atmósfera está muy bien creada por el tratamiento tan estilizado como siniestro de la imagen y el color. Lo que se nos muestra indefectiblemente aquí es que los terrores más impíos son los derivados de unas existencias rotas en un contexto sociopolítico que aún, pese a que las comparaciones sean odiosas, no hemos superado del todo.

Con sus pros y sus contras ya señalados, con sus virtudes y defectos, deberían verla.

 

 

 

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