‘La vida de Adéle’: Mujer contra mujer

La abajo firmante debe reconocer que salió de la pésima proyección padecida en una sala sevillana, que oscureció la pantalla durante cerca de diez minutos, de la aclamada ‘La vida de Adéle’, de Abdellatif Kechiche – Palma de Oro y Premio Fipresci en Cannes, basada en el cómic ‘El azul es un color cálido’, de Julie Maroh, y uno de los estrenos estrellas de esta rentrée otoñal – confusa y desconcertada. E incluso irritada, por el tratamiento tan esquemático que, a su entender, el realizador le aplica a la evolución de una de las protagonistas. Las expectativas generadas y las superlativas referencias críticas conllevan el efecto secundario molesto e indeseado de idealizar, por denominarlo así, lo que vas a ver y, al encontrarte con la película real, no acabas de encajarla en tu imaginario anterior.

Ahora, escribiendo estas líneas, recompone e intenta compatibilizar las encontradas impresiones que su visión le ha provocado, para hacer justicia a un filme valiente, hermoso, sensible y conmovedor. Porque el realizador – Túnez, cosecha del 60, del que conocemos la notable ‘La escurridiza’ – ha contado una historia en tres absorbentes horas que no pesan nada. Porque el relato, que se divide en dos capítulos, tiene una primera parte arrebatadora en la que se da cuenta de la confusión erótica y sentimental de una adorable chica de quince años, estudiante de instituto, inquieta e inteligente, lectora y con vocación pedagógica. Una eminente, estremecedora Adéle Exarchopoulos.

Porque nos muestra la presión del entorno, de las amistades, de los prejuicios y el rechazo a la diferencia. Porque revela que el deseo no oficial está proscrito, aunque tengas un amigo y cómplice gay. Porque la pandilla puede incentivar una relación condenada al fracaso. Porque la verdadera atracción es incandescente e instantánea. Porque la pintora dueña de un cabello azul, una excelente Léa Seydoux, resulta inquietantemente perturbadora. Porque aunque se niegue la evidencia y no se quiera luchar contra corriente, la pasión es más fuerte que cualquier otra cosa.

Porque nos revela el cuerpo a cuerpo, el deseo devorador, el sexo más explícito, el erotismo más febril,  en largas secuencias de la carnalidad entre dos mujeres muy jóvenes, mujer contra mujer, como nunca se había visto en una pantalla, genitalidad incluida. Escenas de una fuerza y de una intensidad en las que cada centímetro de piel es objeto de un contacto de alto voltaje. Porque también muestra los dos hogares de cada una de las chicas, tan diferentes, tan opuestos, situando a ambas en sus contextos familiares.

Poco después sobrevino el inoportuno apagón y cuando se retomó la proyección el salto en la historia era ya un hecho. Adéle ha crecido ante nuestros ojos y es precisamente aquí, con el personaje estrenando vida adulta, cuando el giro de su partner resulta más chocante. Desde una mirada violeta, duele la reproducción de esquemas sexistas en los roles y en la convivencia entre los personajes centrales, que el filme muestra en toda su crudeza. Cierto es que esto ocurre más a menudo de lo que sería deseable en los intercambios personales. Pero aquí, y en el contexto de esta historia de amor, duele más.

Una vez dicho esto, y rotos estos esquemas para bien y para mal, hay que rendirse incondicionalmente ante una cinta de una belleza, de un lirismo, de una potencia y de una intensidad conmovedoras. Con una puesta en escena en la que la vida, y no sólo la de Adéle, fluye ante nuestros ojos. En la que nos es dado contemplar los distintos escenarios en los que se mueve un personaje único que es escrutado por la cámara, a ras de un rostro, extraordinariamente expresivo, que nos regala el paso del tiempo, cada expresión, cada gesto, cada sentimiento, cada perturbación, cada risa, cada lágrima… Una joya, una experiencia cinematográfica única que nadie, en su sano juicio, debería perderse.

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