Archivo diario: julio 27, 2014

‘The extraordinary tale’: El País de Nunca Jamás…

Quien esto firma, debe reconocer que el tráiler de la cinta que nos ocupa le hizo esperar lo peor de una historia y de su tratamiento que, en dicho avance, le resultó un ‘dejá vu’ de la temible ‘Amélie’. Quien esto firma, prefirió reservarse lógicamente tal prevención hasta verla, cosa que hizo ayer mismo en la primera sesión y en su versión original inglesa. Quien esto firma, entró en la sala con todos los reparos y deseando, por la simpatía hacia un proyecto y hacia un realizador y una realizadora – el orden de los factores no altera el producto… – de esta ciudad, que se han empeñado en sacarla a flote contra toda lógica, en un tiempo récord, con todas las dificultades y con un presupuesto irrisorio, deseando decía que, al menos, no se confirmaran sus peores presagios.

Quien esto firma, es consciente de que, dada la oferta de la cartelera, juegan con todas las desventajas y que el fin de semana de su estreno es crucial para películas pequeñas como esta. Quien esto firma, pese a la defensa insobornable que cree y que pretende ejercer sobre la libertad de expresión crítica, se debatía entre la coherencia y la lealtad o el apoyo a un cine minoritario y arriesgado como el que ‘The extraordinary tale’ representa. Las líneas que siguen a este prólogo son un intento de reconciliar ambos presupuestos.

La indispensable página de consulta de Wikipedia describe ‘El País de Nunca Jamás’ la isla ficticia de la novela de J. M. Barrie, ‘Peter Pan’, como” una suerte de país imaginario donde los niños no crecen y solo existen la diversión y la felicidad“. Algo que encaja con este “cuento extraordinario”, luminoso y oscuro, feroz e inocente, que han codirigido Laura Alvea – Sevilla, cosecha del 76 – y José F. Ortuño – Sevilla, cosecha del 77 – que, además, lo ha escrito. Algo que encaja, con matices, con la historia de chico más que atípico conoce a chica que aún lo supera y deciden convivir. E incluso con el efecto secundario indeseado y perturbador de tener un hijo. Pero no están preparados, especialmente en el caso de la chica, para asumir ciertas reglas…

Alvea y Ortuño han conjurado el ya citado ‘efecto Amélie’ con una mirada, tan tierna como tenebrosa, hacia dos seres desvalidos en las antípodas de las convenciones sociales llamadas adultas. Pero capaces de vivir, ser, gozar, sufrir, sentir y estar según sus propias, únicas e irrepetibles pautas. Han confrontado el efecto caramelo de un relato excéntrico y fantástico, ennegreciéndolo progresiva e implacablemente, pero sin hacerle perder ni un ápice de su candor. Cosa nada fácil, por cierto. Han dinamitado nuestra lógica en beneficio de la de sus criaturas y nos han permitido reconocernos en ellas de alguna extraña e inquietante manera.

Han conseguido que un tratamiento nada realista no resulte impostado, ni contenga imposturas, ni sea chirriante. Lo mismo se aplica a unos personajes que nos resultan tan lejanos como próximos y, al menos en lo que se refiere a quien esto firma, bastante conmovedores. Conmovedores en su desvalimiento, en su ignorancia del mundo, en su elementalidad para lo positivo, pero también para lo negativo. Y en su integridad en su lucha por conciliar placer y obligaciones, por adaptarse, dentro de lo que cabe y les cabe, a eso que llaman ‘una vida normal’.

Han cuestionado la ‘mística de la maternidad’. Han respetado a los animales, ya verán a lo que quien esto firma se refiere…, y lo han hecho saber en los títulos de crédito. Han situado a los protagonistas -estupendos Ken Appledorn y, sobre todo, Aïda Ballmann – en sus entornos domésticos e infantiles para hacernos entender sus comportamientos en el presente. Todo ello en 79 minutos de metraje. Vean esta película arriesgada y valiente, con sus desmesuras y defectos que las y los tiene. No se pierdan esta rara avis en un cine como el nuestro, tan acomodaticio, costumbrista y adocenado, con pocas excepciones. Abran sus ojos y sus mentes a este singular cuento tan deudor del País de Nunca Jamás.