‘Big eyes’: Derechos de autor(a)

Margaret Keane – Tennessee, cosecha del 27 – es una pintora estadounidense conocida por sus retratos de niñ@s de ojos enormes. Disfrutó de un gran éxito en la década de los 60, llegando a retratar a  personalidades de la época tales como Zsa Gabor, Kim Novak, Natalie Wood, Joan Crawford y un largo etcétera. Pero… por persona interpuesta. En efecto, su marido, Walter,  se apropió de la autoría de sus cuadros, que firmaba con el apellido común. “Margaret vivía encerrada como una prisionera y sus pinturas eran cada vez más tristes, reflejando sus emociones”. Datos de Wikipedia.

El “continuará” de una biografía tan dramática como apasionante, pueden encontrarlo en esta película de Tim Burton, cuyo título ‘Big eyes’ ( Ojos grandes), hace alusión una de las señas de identidad ya citadas y más personales de la obra de la artista. Biopic que comienza con la protagonista huyendo con su hija, Jane, de un matrimonio desgraciado, a finales de los 50, rumbo a la dorada California. Hecho más que atípico, dado el estatus tan opresivo de las mujeres en ese duro periodo, cuyo valor es enfatizado con una voz en off. La oiremos más veces a lo largo del metraje – cáustica, matizada e irónica -, muy bien integrada en la narración pero, lamentablemente, doblada.

Allí, en esa tierra prometida, aparte de buscarse la vida como puede, vendiendo sus cuadros en la calle, llama la atención de Walter Keane. Este supuesto colega, era, en realidad, un chapucero agente inmobiliario. Mujeriego y embaucador, supo calibrar inmediatamente la gallina de los huevos de oro que iba a reportarle la obra de una joven veinteañera a la que, literalmente, arrastró a un matrimonio más que precipitado.

Tim Burton ha renunciado aquí, en el mejor sentido del término, a ciertas de sus características autorales para abordar un relato de abuso de poder. Para abordar un relato de maltrato sin paliativos, de explotación y beneficio económico y social de un individuo sin talento, mediante la sustracción de los derechos de autora de su cónyuge.  Inequívocamente posicionado con la víctima, nos retrata a una esposa tan presionada, como sujeta a una profunda alienación y a las continuas trampas de un cínico, para el que el fin de la rentabilidad y el éxito justificaba todos los medios. Un cínico, capaz tanto de engatusarla, llevándola a su terreno,  haciéndola creer que formaban un equipo, como de amenazarla con la hecatombe social,  y físicamente, si revelaba la impostura.

Así, nos muestra el profundo aislamiento de una mujer y el síndrome de anulación que le es provocado. Su producción a destajo de una obra para el reconocimiento del otro. Su confusión. Su miedo. Su sentimiento de inferioridad. Su angustia y su profunda desdicha, encerrada en su estudio, entre materiales tóxicos, con apenas la compañía de su hija. La jaula de oro en la que está atrapada. Y el reflejo de todo ello en unos cuadros cada vez más amargos y dolientes. La oscuridad en pleno éxito, un éxito sustraído de cara a la sociedad y al mundo del arte.

Un éxito y un glamour del que disfruta, por contra, el presunto autor a quien el realizador también sabe captar en todo su encanto maléfico, en toda su seductora perversión de mentiroso patológico, convencido de su talento como vendedor… Pero también seguro de su poder sobre quien le permite disfrutar intensamente de fortuna y posición, de reconocimiento y prestigio.

La inteligencia, la sensibilidad, la sutileza, la intensidad y la crítica feroz a un fraude que perduró más de una década, están muy bien narradas a través de una puesta en escena madura, sólida e intensa. Con un guión muy ajustado de Scott Alexander y Larry Karaszewski, Con una espléndida fotografía de Bruno Delbonnel. Con la partitura de Danny Elfman. Con un reparto irreprochable en el que brillan con luz propia unos eminentes Amy Adams y Christoph Waltz.

Como mujer, como feminista, como espectadora, como amante del cine, les invito a verla y le agradezco a Tim Burton que haya visibilizado esta historia y a esta creadora. GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

 

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