‘La memoria del agua’: Duelos

“Es la película más intensa y bella que pude hacer. La vi como cinco veces y lloré siempre. Fue un proceso de mucho aprendizaje, de contención, de meterme en aguas profundas y temerarias. Quise hacer este papel porque mis películas hablan por mí. Pero es lo que yo puedo hacer desde mi trinchera para honrar la memoria de mi hija, es mi arte para honrarla”

Palabras del actor chileno Benjamín Vicuña, excelente protagonista de ‘La memoria del agua’, sobre su papel aquí teniendo en cuenta la devastadora experiencia que sufrió al perder a su hija, de solo 6 años, hace apenas cuatro. Declaró también que “cree que los duelos son personales”. Este filme coincide con tal aserto.

Dirige y escribe el guión – junto a Julio Rojas – el cineasta chileno Matías Bize, cosecha del 79, autor también de las notables ‘En la cama’ y ‘La memoria de los peces’. 88 minutos de metraje. La espléndida fotografía la firma Arnaldo Rodríguez. No podemos decir otro tanto de la partitura, debida a Diego Fontecilla, única nota -nunca mejor dicho… – disonante, por su ampulosidad efectista y subrayados innecesarios. Esto en un relato fílmico tan austero y contenido, pese a lo desgarrador de su historia.

Dicha historia es la de una pareja acomodada y bien avenida – arquitecto él, traductora ella – a la que conocemos en plena fractura vital y amorosa, a causa de la muerte accidental de su único hijo, de 4 años. Separan sus destinos, a instancias de la mujer, y ponen a la venta su casa común. Pero un reencuentro, en el que hubiera sido el aniversario del niño, les depara la oportunidad de cambiar las cosas o, al menos, de clarificarlas.

Estamos ante una película habitada por la desolación, por una tristeza irreprimible, por lo irreversible de una ausencia, por la más terrible de las pérdidas. Estamos ante una película cuya mirada nos revela dos formas radicalmente distintas de afrontar el dolor, de asumir el duelo.

Pese a todo, y a ser tan desgarradora, tiene una narrativa y una puesta en escena, muy sobrias y púdicas. Aunque es inevitable, y la hay, la catarsis emocional de los protagonistas no nos es mostrada de forma simultánea. Su delicadeza es extrema. Nunca apabullante, ni manipuladora, es, por ello, mucho más intensa y poderosamente emotiva. Maneja muy bien las miradas, los gestos y las situaciones integrándolas en un espacio-tiempo nada lineal, pero tampoco transgresor al uso.

Hemos hablado ya de Benjamín Vicuña, pero Elena Anaya está magnífica. Justamente nominada a los Premios Platino como Mejor Actriz por este trabajo. No deja de ser curioso, además, el hecho de que ella protagonizara ‘Habitación en Roma’, de Julio Medem, una versión lésbica y muy particular de  la citada ‘En la cama’, del propio director que nos ocupa.

En definitiva, una tragedia íntima muy bien contada. Hermosa, emocionante hasta las lágrimas y dolorosa hasta decir basta, pero no exenta de cierta esperanza. Nada acomodaticia, ni trillada, ni tópica, pero muy valiosa y relevante. No la dejen escapar bajo ningún concepto.

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