La actriz, guionista y realizadora madrileña Marta Matute, cosecha del 88, es una de las cineastas españolas que han llegado y han besado el santo. O lo que es lo mismo, que ha sido reconocida con la Biznaga de Oro a la Mejor Película en el Festival de Málaga 2026, con esta propuesta que nos ocupa, su debut cinematográfico, cuya historia también ha escrito. Como lo hicieron antes que ella y por citar sólo algunos nombres: Carla Simón con ‘Verano 1993’ (2017), Pilar Palomero con ‘Las niñas’ (2020) o Eva Libertad y Nuria Giménez con ‘Sorda’ (2025).
Esto es un estimulante síntoma del, sin caer ni en el triunfalismo, ni en la autocomplacencia, buen momento del cine de nuestro país y singularmente – pese a las dificultades añadidas que deben afrontar en una industria patriarcal – de las miradas de mujer tras la cámara. Que no decaiga.
La historia, que tiene mucho de autobiográfica y que la directora dedica a las personas con quienes comparte vínculos de sangre, relata como un insidioso mal, que afecta a la progenitora, obliga a replantearse vínculos, compromisos y obligaciones a toda una familia. Una familia compuesta por una adolescente con deseos de comerse el mundo, una hermana que, con su pareja, proyecta tener la suya propia y un padre que se ve, como ellas, obligado a renunciar a sus pequeños placeres.
Y tendrán también que recuperar la comunicación perdida, entre los estallidos de protesta por agravios comparativos en cuanto a dedicación y los largos silencios que se instalan entre este grupo. Nada será ya igual, sus vidas están irremediablemente tocadas y los años – que en este relato nunca son lineales, pues saltan en orden no cronológico – les van marcando y convirtiendo en otras personas. Sus rostros van reflejando el paso del tiempo…
Pero, aunque todo el esfuerzo recaiga sobre ell@s al ser cuidadores-as, sus aciagas circunstancias les obligarán también a madurar, a respetarse, a quererse mejor y a comprenderse, pese a sus dolorosos enfrentamientos. Marta Matute lo muestra muy bien y sabe emocionar, sin un ápice de sentimentalidad manipuladora, a fuerza de sensibilidad, talento, sutileza, valentía y honestidad.
Coproducción hispano-belga, fechada en el año en curso, de 94 minutos de metraje. Su excelente fotografía, que revela los claroscuros del relato, se debe a Sara Gallego y su banda sonora, que los atrapa, a Simon Fransquet. Entre su muy notable reparto, destacar a una enorme Sonia Almarcha, junto al descubrimiento de Julia Mascort, secundadas con excelencia por Tomás del Estal y Laura Weissmahr.
Como se ha escrito al principio, fue merecedora de la Biznaga de Oro a la Mejor Película en el Festival de Málaga, junto a los de Mejor Actriz para Mascort y Actor de Reparto para del Estal. Todos los reconocimientos le son debidos. Compruébenlo viéndola, pues aún se mantiene en la cartelera.