‘Sesión doble’: El peso y el paso del tiempo

Coinciden en nuestras carteleras dos películas norteamericanas en las que el tono de comedia se vuelve tan ácido como melancólico, tan amable como irónico, tan cáustico como elegante, tan refinado como corrosivo, tan incisivo como inteligente. Y en ellas, dos parejas son las protagonistas. Ambas viven en Nueva York y tanto las mujeres como los hombres que las integran son cultivados-as y creativos-as y se relacionan en pie de igualdad. Ambas pertenecen a lo que se ha dado en llamar burguesía ilustrada.

Estas cuatro personas, en las que dos ellas son bastante más jóvenes que las otras dos, se ven afectadas por el paso y el peso del tiempo y ello las lleva a iniciar cambios radicales. De vivienda en un caso y de amistades en el otro. En estos procesos acabarán de alguna manera encontrando su propio equilibrio y asumiendo sus limitaciones.

Hablamos de ‘Ático sin ascensor’, de Richard Loncraine y de ‘Mientras seamos jóvenes’, de Noah Baumbach. La primera está basada en una novela de Jill Ciment, escrita para el cine por Charlie Peters, fotografiada por Jonathan Freeman y con la banda sonora de David Newman. 92 minutos de metraje protagonizados por Ruth y Alex, un matrimonio mayor e interracial, moradores del   piso de Brooklyn, al que alude el título, durante más de cuatro décadas. Pero las dificultades para acceder a él, debido a las muchas escaleras, son cada vez más arduas y todo se complica cuando su anciana perra enferma y no puede caminar. Deciden poner en venta su hogar y hacer una inmersión, vía una amiga común, en el peculiar mercado inmobiliario, mientras recuerdan su vida allí, en paralelo a su  propia relación.

La segunda, escrita y dirigida por el propio realizador, tiene 97 minutos de metraje, su fotografía la firma Sam Levy y su música, James Murphy. En ella una crisis creativa del hombre, un documentalista  involuntariamente a la sombra de su famoso suegro, con el que mantiene una difícil relación, los lleva – ambos están en la cuarentena y han decidido no tener hijos, a diferencia sus coetáneos y amigos –  a vincularse con una pareja de veinteañeros hipsters . Lo que les conduce inevitablemente a  otra forma de sentir, comportarse, actuar y divertirse. Eso les estimula y dinamiza, pero también se hacen presentes contradicciones y verdades tan incómodas como inesperadas.

En ambos casos se trata de cintas adultas, con buena factura, guiones sólidos y una mirada crítica, pero no irreverente, ni especialmente transgresora, de fondo o forma. Pero desde luego mucho menos complacientes de lo esperable. Más honestas, complejas y reflexivas sobre los agravios de la edad. Sobre determinados retratos generacionales. Sobre la imposibilidad de la vuelta atrás cronológica. Sobre las peculiaridades de la oferta y la demanda en el mercado inmobiliario. Sobre el amor devenido en respeto y complicidad profundas. Con observaciones sabias y sagaces sobre todo ello y muchas más cosas que (nos) importan.

Y además están sostenidas por un reparto más que sólido, por unos-as intérpretes que dan lo mejor de sí mismos-as. En el primer caso, Morgan Freeman, Diane Keaton y Cynthia Nixon. En el segundo, por Ben Stiller, Naomi Watts, Amanda Seyfried y Adam Driver. Quien esto firma, por todo lo escrito, les invita a verlas.

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