‘La piedra de la paciencia’: Yo confieso

El  escritor, productor y realizador afgano, refugiado político en Francia, que vive entre París y Kabul, Atiq Rahimi, adapta en esta película su cuarta novela, del mismo título, que mereció el Premio Goncourt en 2008. Así nos lo hace saber la ficha técnica que proporciona el cine Avenida, donde la proyectan. También que es una coproducción entre Francia, Alemania y Afganistán, de 102 minutos de metraje y cuyo guión lo firman Jean Claude Carriére y el propio Rahimi.

 

 

La historia sigue a una joven mujer, en un país en conflicto y fieramente misógino. Con dos hijas pequeñas y un marido postrado en coma,  por una herida de bala en el cuello, que le causaron sus propios compañeros de armas, quienes, además, le abandonaron a su suerte. Como no se le permite ganarse la vida por sí misma, en un entorno devastado, y con su único familiar en paradero desconocido, abre su corazón al inconsciente cónyuge liberando así una pesada carga. Toma, además, algunas iniciativas que supondrán cambios sustanciales en su vida.

La piedra de la paciencia, según la leyenda autóctona, sería aquella con la que se pueden desahogar los males del corazón. Y, en este caso, este papel lo juega el esposo quien, aparentemente, permanece en estado vegetativo. Un hombre de aspecto severo, mucho mayor que ella, y cualquier cosa menos un compañero. Un hombre autoritario, carente de ternura que no le ha dado la felicidad. Un hombre que nunca la ha amado, sino que la ha poseído. Un hombre temible, a quien estaba ligada de por vida por lazos indisolubles.

El novelista y cineasta se posiciona inequívocamente, y eso es muy de agradecer, del lado de la mujer, de su oprimida protagonista, – una estupenda Golshifteh Farahani – así como también de su emancipada y liberal tía y único pariente, aunque esta última  sea escasamente creíble. Nos describe las circunstancias tan límites que atraviesa en un territorio tan peligroso y hostil, junto a su ternura con sus hijas y su firme determinación, pese a sus convicciones religiosas y al sentido de culpa que le ha sido inoculado, de sobrevivir y salir adelante.

Pero el estatismo se apodera de la función. Se la ha comparado, salvando las distancias, a ‘Cinco horas con Mario’. Y es cierto que las confesiones, algunas perturbadoras, que le hace al herido tienen más de un paralelismo con este modelo. No hay progresión en los personajes. Se mueven en círculos viciosos, se explican  oral y no visualmente. Reiterativa y cansina, con una puesta en escena muy teatral, aunque el autor lo desmienta, apenas reserva sorpresas salvo una más que discutible relación de la mujer, tan forzada como cuestionable. Bienintencionada, pero fallida.

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