‘Nunca es demasiado tarde’: Naturaleza muerta…

Uberto Pasolini, cosecha del 57, es un cineasta romano, residente en Londres, que ostenta el título de conde y es sobrino de Luchino Visconti. Productor, entre otras cintas, de la celebérrima ‘The Full Monty’, este que nos ocupa es su segundo largometraje, de cuyo guión también es responsable, tras el multipremiado ‘Machan’. Datos de la imprescindible página Wikipedia.

El título castellano de ‘Still life’ – que, entre otras acepciones, significaría naturaleza muerta, de ahí el epígrafe de la crítica…- , ‘Nunca es demasiado tarde’, es sencillamente disparatado. Cuando la vean, lo entenderán, que quien esto suscribe no pretende adelantarles nada, ni hacer spoiler. Está nominada a los David de Donatello y también como mejor película europea (datos de FilmAffinity). Es una coproducción anglo-italiana, de 92 minutos de metraje.

La historia sigue a un funcionario del ayuntamiento, solitario, detallista, meticuloso y ordenado en sus esferas laboral y personal – un excelente Eddie Marsan – quien se encarga de encontrar a los familiares de aquellas personas que mueren solas. No sólo eso. También les organiza funerales y responsos, con música y rituales adecuados a sus gustos y-o creencias, y asiste inveteradamente a sus entierros. Archiva sus dossiers, les crea álbumes de fotos, y no ceja en su empeño de búsqueda, intentando convencer a los deudos para que asistan a las exequias. Un despido, un encuentro y un giro inesperados darán al traste con sus rutinas habituales.

Estamos ante una película pequeña – en el sentido de cotidiana, nada enfática, ni pretenciosa –  notable y valiosa, para quien esto firma. Crónica de vidas y muertes solitarias y anónimas, pero de ninguna manera irrelevantes. Crónica de vidas y muertes solitarias y anónimas, que el realizador, como su protagonista, rescata del olvido, confiriéndoles identidades propias y  finales dignos. Crónica cercana a ciertas temáticas del neorrealismo, pero con un enfoque y lenguaje contemporáneos.

Crónica desesperanzada de la incomunicación humana, sensible y emotiva en ocasiones, pero nunca sentimentaloide. Por el contrario, su tratamiento es púdico y austero, sereno y pausado, salvo en lo que respecta al inesperado giro final. Agudo retrato de un hombre profundamente aislado,  que se entiende mejor con l@s muert@s que con l@s viv@s. De un hombre tan corriente como singular, que ama un trabajo ingrato y deprimente. De un hombre injustamente tratado por un organismo público y un jefe miserables, pero que lo asume pasivamente y ve en ello una oportunidad única de cambiar sus esquemas y disfrutar de su tiempo libre. Hasta el final…

Hasta ese final, arriesgado y sorprendente, que rompe con el tono anterior del relato. Y, desde la opinión de quien esto firma, lo hace para bien. Más cosas. El reparto, impecable y ajustado. Como también los son la fotografía de Stefano Falivene  y la música de Rachel Portman. Merece ser vista. Que no se les escape.

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