‘Tarde para la ira’: Que las bestias (humanas) mueran…

No deja de ser curioso que, de las referencias cinematográficas posibles que quien esto firma tenía antes de ver esta película, no estuviese entre ellas una a la que, pese a ser muy distinta – de tono, de estilo, de tratamiento y de entorno – se asemeja más, a su parecer, en el nudo gordiano de su compleja trama. Hablamos de la notable ‘Accidente sin huella’, cuyo título original es ‘Que la bestia muera’, producción de 1969 firmada por Claude Chabrol.

El poderoso debut del actor Raúl Arévalo tras la cámara, está estructurado en epígrafes, o capítulos, que se refieren a lugares y a personas. Bar, barrio, Ana, Curro, Juanjo…, que y a los que frecuenta el protagonista. En los primeros, además, se desenvuelven los personajes principales. Están muy bien descritos. Desprenden credibilidad y verosimilitud, sin incurrir en el costumbrismo populista, pero tampoco en el distanciamiento afectado y artificioso.

Hay dos partes claramente diferenciadas en ella, casi dos relatos fílmicos en sí mismos. Quien esto firma, va a intentar describirlos sin caer en spoilers. Una, en la que vemos a un hombre tímido y solitario, enamorado sin esperanza de una mujer infelizmente casada con un presidiario, a punto de salir de prisión, y con un niño pequeño. Un hombre que chatea con ella y se integra en su ambiente familiar. La cafetería de su hermano, que se convierte en uno de sus mejores amigos, la partida de cartas y un largo etcétera, que rezuma calidez y cercanía sobre personas que, tras pasados algo borrascosos, han sabido encontrar su lugar en el mundo.

Y otra, radicalmente distinta, en la que el personaje central se descubre, paso a paso ante nuestros ojos, como otro muy diferente que busca, en un viaje tenso e inquietante, con el marido de Ana como guía, la satisfacción de un pasado sin resolver en una tarde para la ira, que no deja títere con cabeza. Hasta el punto de que, una vez que ha terminado, sientes la necesidad de repetirla – al menos eso le ocurrió a quien esto escribe – con todas las piezas encajadas.

92 minutos de metraje. El excelente guión lo firman el propio realizador y David Pulido. Magníficas la fotografía de Arnau Valls Colomer y la banda sonora de Lucio Godoy, con canciones de Miguel Poveda y José Manuel Soto. El reparto, se sale, encabezado por un espléndido Antonio de la Torre, pero también con los talentos y registros interpretativos de Luis Callejo, Alicia Rubio, Ruth Díaz,  Manolo Solo, Font García

Potente, magnético, complejo, intenso, furioso, brutal y lúcido retrato del pasado siempre presente; de la culpa y de su ausencia o negación; de la obsesión justiciera del ojo por ojo y del dolor y la devastación que encubre. De unas gentes entrañables, que no son lo que parecen.  De un hombre solo y profundamente herido.

Estamos ante un filme del que van a salir varias nominaciones a los Goya. Estamos ante una obra que descubre el talento de un cineasta a seguir. Estamos ante una película que nadie debería perderse.

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