‘El bar’: Cóctel de la casa

Álex de la Iglesia, cosecha del 65, es un realizador con un talento visual poco común. Diabólicamente brillante en el manejo de la cámara y especialmente dotado para las escenas de masas exteriores, que incluyen huidas y persecuciones en las que se ven implicados sus personajes principales. Igualmente dotado asimismo para la acción, los arranques de sus películas suelen ser antológicos.

Esto lo hace, además, con unas coordenadas estético-narrativas autóctonas, lo que es un mérito añadido, y también una de las señas de identidad más reconocibles de su peculiar estilo. A lo que contribuye su equipo técnico, siempre en estado de gracia. Algunas de las características citadas podemos encontrarlas en esta su última propuesta, ‘El bar’.

102 minutos de metraje. Su guión lo firman el realizador y su habitual Jorge Guerricaechevarría. La estupenda fotografía, tan contrastada, se debe a Ángel Amorós y su banda sonora, que subraya tan bien la intriga, a Carlos Riera y Joan Valent. La historia sigue a un grupo de personas muy diferentes que desayunan en un local cuando una de ellas, un hombre, es asesinado al salir por un atacante anónimo e invisible, al que le sigue otro. Esto provocará su encierro involuntario, pero obligado, ante el peligro exterior.

Con estos mimbres, el cineasta saca lo mejor y lo peor de sí mismo. Lo mejor en cuanto al reto, él siempre tan valiente, de un espacio claustrofóbico donde escenificar lo más abyecto, risible y paródico de la condición humana enfrentada a situaciones límites. Un drama tan amargo como esperpéntico, en la que su misantropía se agudiza si cabe aún más.

Una intriga en la que la tensión no decae, pese a sus trazos de brocha gorda. Un reparto sólido y excelente, muy bien dirigido, en el que tod@s están bien y del que nos gustan especialmente los registros inusuales que ha sabido extraer de Mario Casas y de Blanca Suárez, como ya hiciera en ‘Mi gran noche’.

Pero… ese cóctel de la casa resulta tóxico cuando se perpetra con un guión aturrullado y plagado de excesos, en el que se desatiende a los personajes, a sus motivaciones y al propio leit motiv de una trama con mezclas indigestas de varios géneros. Cuando se desatiende a la propia coherencia interna del relato y se desaprovecha la confrontación entre el arriba y abajo del local, que se resuelve pronto y mal, valga esta abstracción para no incurrir en inoportunos spoilers.

Y luego están su misoginia pese a ese final, en el sentido de esquematizar burdamente a las mujeres contrastándolas por edad y por atributos físicos, pero siempre relacionándolas con el atractivo erótico o con el implacable deterioro del tiempo. Ello pese a los talentos de Terele Pávez y Carmen Machi. Y ese gusto, algo cansino, por los frikies mesiánicos y apocalípticos tan exasperantes. Y ese no estar a la altura de su potente comienzo, cuando el ritmo decae y se deshilvana…

En fin, quien esto firma ha intentado matizar y expresar, lo mejor que sabe y puede, sus impresiones contradictorias y encontradas ante una película que, en cualquier caso, debe ser vista.

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