Archivo diario: octubre 18, 2014

Seis días en Nueva York. Recapitulación y cierre

Es noche cerrada y la abajo firmante vuela, en la mejor compañía, de regreso a casa, vía Lisboa. Han sido ocho días intensos, de los cuales dos de viaje y seis en Nueva York. Seis días que han dado lugar a otras tantas crónicas escritas, con alguna excepción, en orden cronológico, robandole horas al ya de por sí deficiente sueño del jet lag.

Pero se impone, antes de echar el cierre, una recapitulación que contemple y registre lo no mencionado por falta de tiempo o exceso de cansancio. Que contemple y registre aquellas cosas que le han impresionado, en lo más intensamente personal y subjetivo, de la forma de vida de una ciudad única.

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En primer lugar, el orden de los factores no altera el  producto, su falta de estridencia. Su tono tan civilizado en las conversaciones, en los bares y restaurantes, en las calles más concurridas, en el metro en hora punta. Incluidos parques y jardines llenos de grupos infantiles y juveniles. Hasta la música de los comercios seguía esta tónica tan de agradecer. Las excepciones a esta regla tienen los nombres propios de Chinatown o Little Italy. Y aún así, nada comparable a nuestro ruidoso desafuero.

La animalista que esto firma valora mucho no haber visto ni un animal callejero. Aprecia en lo que vale no haber oído ladrar, ni quejarse, a ninguno de los numerosos perros vistos con sus dueños y dueñas, ni a ninguno tampoco arrastrado por una bicicleta. Estima enormemente el hecho de que las ardillas de parques y jardines no desconfíen de la presencia humana e incluso se te acerquen. Y lo mismo es aplicable a las gaviotas. Se alegra tanto de que haya alternativas veganas hasta en los puestos de comida callejera. Y de que una potente empresa de piensos se encargue de rescatar y dar en adopción a gatos y gatas en situación de riesgo. Y esto, lo sabe,  en el país de las hamburguesas y de los perritos calientes.

La consumidora que esto firma agradece la amabilidad sin reservas de la plantilla de todos los comercios. Que nadie, en ninguno, te mire por encima del hombro y que, salvo excepciones, hasta en los más sofisticados, tengan empleadas y empleados de aspecto muy normal.

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La ciudadana y peatona que esto firma, se congratula tanto del trato dado a los niños. De que haya lugares para descansar en todas partes y de que los veladores no estén en función del consumo,  sino al servicio de las personas. De que el civismo sea la regla y no la excepción. De que el mobiliario urbano sea respetado escrupulosamente.

La amante, que no experta en, del arte que esto firma se maravilla de que dejen tomar fotos en los museos, posar junto a tus cuadros favoritos y que niñ@s de colegios con sus profesores-as se sienten en el suelo mientras les son explicadas las obras maestras que allí se exhiben y se comportan con la máxima espontaneidad y el máximo respeto.

La mujer laica que esto firma, se asombra de lo acogedoras que son todas las iglesias de todas las confesiones religiosas. De sus lemas tan humanistas, generosos, amables e incluyentes, hasta, algunas, con los animsles. Y de tantas cosas más, en un país tan deficitario en los derechos humanos más básicos, como envidiable porque una ciudad como esta, que participa también de sus carencias, forme parte de él.

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Seis días en Nueva York. En la cima…

Esta mañana neoyorquina, en la que luce un radiante sol de otoño, cumplimos otro de los ritos recomendados. Se trata de subir a la cima de un edificio emblemático, el Rockefeller. O, lo que es lo mismo, el Top of the Rock. Tanto su fachada como su ínterior tienen, como tantos en esta ciudad, muchos detalles decorativos de Art Deco. La atmósfera que crean es tal que se diría posible cruzarte en sus pasillos con Clark Gable, Lubistch o Carole Lombard…

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Lo que sí te recibe a la entrada es la leyenda en sus paredes que cuenta que este rascacielos abraza a la ciudad, y que fue erigido, en tiempos turbulentos, por gente extraordinaria. Nos fotografiamos simulando estar en el mismo andamio sin red de quienes lo construyeron, e iniciamos las tres etapas de la ascensión. El resultado es tan impactante como hermoso. Tras sus cristaleras protectoras, casi puedes hablar de tú a tú con la línea del cielo, con el Central Park, el Hudson y el East River, y con Brooklyn, al fondo,  cubierto por la niebla. Las mejores vistas de este viaje, sin lugar a dudas.

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Luego, nuevo paseo por el Central Park, para despedirnos de Alicia y sus compañeros,  en dirección al Guggenheim. Al célebre Museo, si, pero también al espectacular edificio de
Frank Lloyd Wright, que lo alberga, tan bello y transgresor, como denostado en su época.

El interior lo componen círculos concentricos por los que se accede a los diferentes niveles a base de rampas en las que se expone la colección temporal. Del grupo ZERO, en este caso. Pero nos interesa más,  por falta de tiempo, la colección permanente. Cezanne, Monet, Degas, Renoir, Toulouse Lautrec, Van Gogh, Gauguin, nos maravillan con sus trazos, colores, temáticas,  siluetas y volúmenes tan extraordinarios. Tan diferentes unos de otros y de sí mismos, según la época.

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Como broche final, el Kandinsky menos conocido,  antes de la abstracción, pero con su deliciosa impronta característica y su intensa paleta cromática.