Archivo diario: noviembre 12, 2019

SEFF, 16 Edición. Sección Oficial. Toma 11. ‘El reflejo de Sibyl’: Una terapia peligrosa

Quien esto firma, vuelve a lamentar que la segunda mirada de mujer de este Concurso tampoco le haya resultado nada estimulante, sino todo lo contrario. Se trata de una coproducción franco-belga, de 100 minutos de metraje, dirigida y coescrita, junto a Arthur Harari, con diálogos de David H. Pickering, por Justine Triet – guionista, actriz y cineasta de la cosecha del 78, de la que esta firmante apreció mucho ‘La batalla de Solferino’ (2013), integrada en la Sección de Las Nuevas Olas del SEFF de ese año y cuya entrada tienen en este blog- cuya excelente fotografía es de Simon Beaufils y cuya música suena estridente y exasperada. Casi tanto como la propia historia…

Una historia delirante, entre la comedia y el drama psicológico, sobre una terapeuta que quiere retomar su vocación de escritora y, por ello, deja a la mayoría de sus pacientes. Pero no puede desatender las súplicas para que la analice de una actriz al límite. Con lo que no contaba es que tal relación profesional cuestionará su microcosmos y conectará con sus fantasmas más ocultos y personales, transgrediendo todos los códigos deontológicos de su oficio.

Se ha escrito delirante porque su guión no tiene ni pies, ni cabeza. Ni tan siquiera un mínimo de verosimilitud. Porque aunque contiene gags y situaciones francamente divertidas – esta firmante se rió a carcajadas con algunas de ellas – están narradas y filmadas buscando el efectismo, sin ninguna base lógica ni en el desarrollo del relato, tan espasmódico y atropellado, ni en el tratamiento – superficial, epidérmico, inexistente… – de los personajes. Porque incluso hay momentos en que pareciera que solo se focalizara el papel de celofán resultón de una dramedia de lujo con erotismo de alto voltaje. Porque… y así podríamos seguir y seguir

Menos mal que el final, aún confuso y epatante, restituye algo, solo algo, de cordura. Pero no es suficiente.

Para que les conste, fue muy aplaudida y celebrada. Véanla y opinen por sí mism@s. La pelota está en sus tejados.

 

SEFF, 16 Edición. Sección Oficial. Toma 10. ‘Dios existe, su nombre es Petrunya’: La cruz patriarcal

Teona Strugar es una guionista y cineasta macedonia, de la cosecha del 74 y una de las tres miradas de mujer de esta Sección con su última propuesta, esta que nos ocupa. ‘Dios existe… venía precedida de referencias críticas contrastadas pero que ponían el acento en afirmaciones tales como “clara y rotunda radiografía del machismo ancestral’. Lamentablemente, y aunque algo de eso haya, el cómputo global se salda con una enorme decepción.

Porque la peripecia de una licenciada en Historia treintañera – algo sobrada de peso, desempleada, viviendo aún con una madre con la que tiene una relación de amor-odio y con un padre al que adora – que, por un capricho del destino, se hace con una cruz que un sacerdote ortodoxo arroja al agua, que solo pueden coger hombres preparados al efecto y que promete suerte para todo el año… se queda muy corta de alcances.

El arranque es divertido y dinámico. Pero el guión, a partir de que ella es detenida, por la denuncia de su propia progenitora, con la cruz que ha “ganado”, de que es retenida absurdamente en la comisaría, de que sus rivales la presionan, agreden e intentan arrebatarle el preciado trofeo, mientras una periodista – que no puede conciliar por su ex – y un cámara lo filman todo… hace aguas por todas partes.

Porque las situaciones son progresivamente más inverosímiles, porque la lógica desaparece de la función, porque el ritmo baja, porque el tono está forzado y un incipiente romance aún más. Porque, a la postre, el final es absurdo, conservador y patriarcal hasta decir basta y elimina cualquier atisbo crítico. Porque tenía muchas posibilidades de ser incisiva, cáustica y transgresora y las desaprovecha todas lamentablemente. Su protagonista, Zorica Nusheva, es claramente superior al personaje.

Coproducción entre Macedonia, Bélgica, Francia, Croacia y Eslovenia de 100 minutos de metraje. El guión, ya citado para mal, lo firman la propia directora y Elma Tataragic. La buena fotografía se debe a Virginie Saint-Martin y la aceptable banda sonora es de Olivier Samouillan.

En fin, una pena. La pelota, en sus tejados.