Archivo diario: noviembre 29, 2015

Dos miradas de mujer. ‘Un otoño sin Berlín’: Y volver, volver, volver…

Lara Izagirre, cosecha del 85, debuta en el largometraje con una historia intimista, ‘Un otoño sin Berlín’. Es una de las miradas de mujer de nuestro país presentes en la cartelera, junto a Daniela Fejerman , cuya ‘La adopción’ analizamos en la primera parte de esta entrada. A ellas se les ha añadido, con una producción y reparto internacionales, este fin de semana Isabel Coixet con ‘Nadie quiere la noche’.

La realizadora ha comentado en diversas entrevistas que su cinta habla de aceptar a la gente tal y como es. Pero también de la vuelta al hogar en el que siempre hay un antes y un después. En efecto, June – una espléndida Irene Escolar, premiada por este trabajo y merecedora de una candidatura a los Goya como actriz revelación – regresa a su pueblo natal, tras una temporada en Canadá.

Se fue, tras la muy penosa muerte de su madre que su padre, médico, no pudo evitar. Pero también por su complicada relación afectiva con un misántropo escritor, cuyas agorafobia y fobia social rozan lo patológico. Ella asume este estado de cosas, pero no deja de sufrir por ello. Berlín se convertirá en ese destino idealizado, en el que ambos puedan reencontrarse sin reservas y en libertad. Mientras recompone este puzzle, un niño, a quien le da unas clases muy sui géneris, y es interpretado por un prodigioso Lier Quesada, será su mejor cómplice.

La realizadora sabe mirar y mostrar sin necesidad de subrayados inútiles. Ha compuesto una pequeña pieza de cámara fílmica sobre la imposibilidad de volver atrás, porque nunca se está en el mismo punto de partida. Sobre la necesidad de reconciliarse con un pasado familiar y amoroso. Sobre la trampa de la nostalgia. Sobre ver con otros ojos a entornos y personas tan imprescindibles como infranqueables.

Y se ha servido para ello de un personaje femenino fuerte y generoso. De una mujer sensible y determinada a cambiar el rumbo de su vida, y de las de sus seres queridos, abriéndose a ellos-as, aunque duela. Pero también valiente hasta las últimas consecuencias. Nadie es juzgado-a aquí. Los personajes nos son mostrados en su presente, con un ayer – que nunca se explicita, solo se sugiere – que les marca y un futuro por resolver. Con una conclusión honesta y consecuente, sin místicas. La única posible.

95 minutos de metraje. Escrita también por su firmante. Fotografiada por Gaizka Bourgeaud, con música de Joseba Brit. Un buen equipo técnico-artístico, con gente de talento como Ramón Barea y Tamar Novas, en un papel más que ingrato y antipático, en el reparto. Véanla cuando puedan. Es la mirada personal, valiosa e intransferible de una cineasta a seguir.

 

 

 

‘Paulina’: No en nuestro nombre…

Cuatro hombres, cuatro, han perpetrado esta historia. Historia bien narrada y filmada. Historia con unas excelentes facturas, puesta en escena e interpretaciones. Historia que, pese a todo ello y a haber merecido reconocimientos tales como, entre otros muchos, el Grand Prix a la Mejor Película y el Premio Fipresci en Cannes, o los de la Juventud y Otra Mirada en Sebastián, no es menos insidiosa y perversa. Son, a saber, Eduardo Borrás, artífice del relato, Santiago Mitre, cosecha del 80, su realizador y coguionista, junto a Mariano Llinás.

Y el cuarto en cuestión es Daniel Tinayre, quien en 1961 dirigió el clásico del cine de su país, ‘La Patota’, protagonizada por Mirtha Legrand, del cual esta que nos ocupa es el remake. Narra la historia de una abogada comprometida, hija de un juez reconocido, que se marcha a una deprimida zona rural para trabajar de maestra, como parte de un proyecto solidario.

Pero allí es víctima de una brutal agresión colectiva por parte de cinco jóvenes, a quienes conoce muy bien – pues están en su clase, con la excepción del cabecilla – pero a los que se niega a identificar. Y ello pese a pasar un reconocimiento médico, someterse a un humillante interrogatorio policial y demás trámites que, supuestamente, hubieran culminado en la detención de tales indeseables. No solo eso… aún decide algo más desconcertante.

En este país  rigió durante muchos años un código penal, fascista y execrable, en el que las agresiones sexuales, la violación en concreto, no se perseguían de oficio, sino que se extinguía el delito con el ‘perdón’ de la víctima. Y en esta cinta se propone tal aberración, haciéndola pasar por un acto de justicia social. Y en esta cinta, la auténtica brutalidad es la que sufren los verdugos en los interrogatorios policiales, no el infierno que sufrió la protagonista, que apenas si se deja ver.

En esta cinta, de 103 minutos de duración, muy bien fotografiada por Gustavo Biazzi, con una ajustada banda sonora de Nicolás Varchausky, las voces de la razón y de la justicia son las masculinas, la del padre, la de la pareja. Con alguna excepción, la de la amiga y compañera, la ex novia del delincuente principal…

Pero todas se estrellan contra un muro infranqueable. Porque para esta Paulina, creada por cuatro hombres, dos cineastas y dos escritores, no hay más agravio que el de la pobreza, la clase y la marginalidad. Y ello justifica – y o explica, que viene a ser lo mismo… – todas las violencias con las que se castiga a las mujeres. Víctimas de las víctimas, en este y en tantos otros casos.

Una protagonista tan rígida, pétrea e inamovible, de la que no se nos transmite, salvo en ráfagas, su shock postraumático. Ni su desgarro, ni su dolor, ni su miedo, ni su angustia, ni sus contradicciones siquiera. Tan de una pieza es, que ni el talento de Dolores Fonzi puede con ella.

No en nombre de quien esto suscribe, señor Mitre. No en nombre de tantas muertas en vida por la mutilación más atroz, por la violencia más salvaje, para quienes nunca hubo reparación. No en nuestro nombre.