‘Paulina’: No en nuestro nombre…

Cuatro hombres, cuatro, han perpetrado esta historia. Historia bien narrada y filmada. Historia con unas excelentes facturas, puesta en escena e interpretaciones. Historia que, pese a todo ello y a haber merecido reconocimientos tales como, entre otros muchos, el Grand Prix a la Mejor Película y el Premio Fipresci en Cannes, o los de la Juventud y Otra Mirada en Sebastián, no es menos insidiosa y perversa. Son, a saber, Eduardo Borrás, artífice del relato, Santiago Mitre, cosecha del 80, su realizador y coguionista, junto a Mariano Llinás.

Y el cuarto en cuestión es Daniel Tinayre, quien en 1961 dirigió el clásico del cine de su país, ‘La Patota’, protagonizada por Mirtha Legrand, del cual esta que nos ocupa es el remake. Narra la historia de una abogada comprometida, hija de un juez reconocido, que se marcha a una deprimida zona rural para trabajar de maestra, como parte de un proyecto solidario.

Pero allí es víctima de una brutal agresión colectiva por parte de cinco jóvenes, a quienes conoce muy bien – pues están en su clase, con la excepción del cabecilla – pero a los que se niega a identificar. Y ello pese a pasar un reconocimiento médico, someterse a un humillante interrogatorio policial y demás trámites que, supuestamente, hubieran culminado en la detención de tales indeseables. No solo eso… aún decide algo más desconcertante.

En este país  rigió durante muchos años un código penal, fascista y execrable, en el que las agresiones sexuales, la violación en concreto, no se perseguían de oficio, sino que se extinguía el delito con el ‘perdón’ de la víctima. Y en esta cinta se propone tal aberración, haciéndola pasar por un acto de justicia social. Y en esta cinta, la auténtica brutalidad es la que sufren los verdugos en los interrogatorios policiales, no el infierno que sufrió la protagonista, que apenas si se deja ver.

En esta cinta, de 103 minutos de duración, muy bien fotografiada por Gustavo Biazzi, con una ajustada banda sonora de Nicolás Varchausky, las voces de la razón y de la justicia son las masculinas, la del padre, la de la pareja. Con alguna excepción, la de la amiga y compañera, la ex novia del delincuente principal…

Pero todas se estrellan contra un muro infranqueable. Porque para esta Paulina, creada por cuatro hombres, dos cineastas y dos escritores, no hay más agravio que el de la pobreza, la clase y la marginalidad. Y ello justifica – y o explica, que viene a ser lo mismo… – todas las violencias con las que se castiga a las mujeres. Víctimas de las víctimas, en este y en tantos otros casos.

Una protagonista tan rígida, pétrea e inamovible, de la que no se nos transmite, salvo en ráfagas, su shock postraumático. Ni su desgarro, ni su dolor, ni su miedo, ni su angustia, ni sus contradicciones siquiera. Tan de una pieza es, que ni el talento de Dolores Fonzi puede con ella.

No en nombre de quien esto suscribe, señor Mitre. No en nombre de tantas muertas en vida por la mutilación más atroz, por la violencia más salvaje, para quienes nunca hubo reparación. No en nuestro nombre.

 

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