‘Relatos salvajes’: Catarsis

Quien esto firma, aún bajo los efectos perversos de un jet lag no sólo físico, encontró parcialmente insatisfactoria esta película  hispano-argentina, posiblemente por las razones equivocadas. Luego, tras elaborarla y digerirla con más detenimiento, acabó por asumir que es una cinta explosiva en el mejor de los sentidos del término. Tan negra y cruel, que no te permite asideros. Porque las catarsis que refleja, las feroces catarsis que registra en esos seis relatos que la integran, son tan inmisericordes que te invitan a la complicidad con sus personajes pero sin permitirte, con alguna excepción, la aproximación emocional con ellos. Y ello no deja de ser un acierto.

Porque también es una cinta política en el más amplio y oscuro sentido del término. Porque nos habla de los abusos de poder, de las clases privilegiadas, de la burocracia institucional, del dinero, de los diferentes estamentos sociales, de la rivalidad masculina, del engaño, de la confrontación entre los sexos… sin dejar títere con cabeza. Porque nos habla de las acciones de quienes están acostumbrados a pisotear los derechos ajenos, y que se creen legitimados para llevarlas a cabo, y de las consecuencias que generan en sus víctimas.

Porque sí sabe distinguir entre dichas víctimas y sus opresores, sin pontificar, ni moralizar, en una clave en ocasiones esperpéntica, pero que no le resta ni un ápice de contenido crítico y subversivo. Porque también muestra las terribles y, a la postre, inútiles y absurdas, consecuencias de tales estallidos de rabia en sus personajes y el efecto boomerang que les genera, en ciertos episodios. O, por el contrario, porque provoca un cínico y triunfalista ‘happy end’ en otros. Porque está muy bien filmada, véase el sketch de la boda…, y contada. Porque posee una ironía trágica, malvada y oscura.

Porque tiene un buen guión, escrito por el propio realizador – Damián Szifrón, cosecha del 75 -, una buena partitura de Gustavo Santaolalla y una excelente fotografía de Javier Juliá. Porque tiene en su haber dos Premios del Público en San Sebastián y en Sarajevo. Porque está maravillosamente interpretada – y era muy fácil sobreactuar aquí… – por un espléndido reparto de un país con los mejores actores y actrices del mundo, junto con Inglaterra. Así, Ricardo Darín, Leonardo Sbaraglia, Darío Grandinetti, Julieta Zybelberg y Érica Rivas, entre otr@s much@s.

No, no es perfecta. Tiene episodios mejores y otros más triunfalistas y complacientes, pero todos son interesantes y corrosivos. Su metraje es de 115 minutos y la coproduce El Deseo. Ha levantado ampollas en los círculos políticos más conservadores argentinos y ha batido récords de taquilla. No les resultará indiferente. Déjense zarandear por ella y no se la pierdan.

Seis días en Nueva York. Recapitulación y cierre

Es noche cerrada y la abajo firmante vuela, en la mejor compañía, de regreso a casa, vía Lisboa. Han sido ocho días intensos, de los cuales dos de viaje y seis en Nueva York. Seis días que han dado lugar a otras tantas crónicas escritas, con alguna excepción, en orden cronológico, robandole horas al ya de por sí deficiente sueño del jet lag.

Pero se impone, antes de echar el cierre, una recapitulación que contemple y registre lo no mencionado por falta de tiempo o exceso de cansancio. Que contemple y registre aquellas cosas que le han impresionado, en lo más intensamente personal y subjetivo, de la forma de vida de una ciudad única.

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En primer lugar, el orden de los factores no altera el  producto, su falta de estridencia. Su tono tan civilizado en las conversaciones, en los bares y restaurantes, en las calles más concurridas, en el metro en hora punta. Incluidos parques y jardines llenos de grupos infantiles y juveniles. Hasta la música de los comercios seguía esta tónica tan de agradecer. Las excepciones a esta regla tienen los nombres propios de Chinatown o Little Italy. Y aún así, nada comparable a nuestro ruidoso desafuero.

La animalista que esto firma valora mucho no haber visto ni un animal callejero. Aprecia en lo que vale no haber oído ladrar, ni quejarse, a ninguno de los numerosos perros vistos con sus dueños y dueñas, ni a ninguno tampoco arrastrado por una bicicleta. Estima enormemente el hecho de que las ardillas de parques y jardines no desconfíen de la presencia humana e incluso se te acerquen. Y lo mismo es aplicable a las gaviotas. Se alegra tanto de que haya alternativas veganas hasta en los puestos de comida callejera. Y de que una potente empresa de piensos se encargue de rescatar y dar en adopción a gatos y gatas en situación de riesgo. Y esto, lo sabe,  en el país de las hamburguesas y de los perritos calientes.

La consumidora que esto firma agradece la amabilidad sin reservas de la plantilla de todos los comercios. Que nadie, en ninguno, te mire por encima del hombro y que, salvo excepciones, hasta en los más sofisticados, tengan empleadas y empleados de aspecto muy normal.

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La ciudadana y peatona que esto firma, se congratula tanto del trato dado a los niños. De que haya lugares para descansar en todas partes y de que los veladores no estén en función del consumo,  sino al servicio de las personas. De que el civismo sea la regla y no la excepción. De que el mobiliario urbano sea respetado escrupulosamente.

La amante, que no experta en, del arte que esto firma se maravilla de que dejen tomar fotos en los museos, posar junto a tus cuadros favoritos y que niñ@s de colegios con sus profesores-as se sienten en el suelo mientras les son explicadas las obras maestras que allí se exhiben y se comportan con la máxima espontaneidad y el máximo respeto.

La mujer laica que esto firma, se asombra de lo acogedoras que son todas las iglesias de todas las confesiones religiosas. De sus lemas tan humanistas, generosos, amables e incluyentes, hasta, algunas, con los animsles. Y de tantas cosas más, en un país tan deficitario en los derechos humanos más básicos, como envidiable porque una ciudad como esta, que participa también de sus carencias, forme parte de él.

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Seis días en Nueva York. En la cima…

Esta mañana neoyorquina, en la que luce un radiante sol de otoño, cumplimos otro de los ritos recomendados. Se trata de subir a la cima de un edificio emblemático, el Rockefeller. O, lo que es lo mismo, el Top of the Rock. Tanto su fachada como su ínterior tienen, como tantos en esta ciudad, muchos detalles decorativos de Art Deco. La atmósfera que crean es tal que se diría posible cruzarte en sus pasillos con Clark Gable, Lubistch o Carole Lombard…

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Lo que sí te recibe a la entrada es la leyenda en sus paredes que cuenta que este rascacielos abraza a la ciudad, y que fue erigido, en tiempos turbulentos, por gente extraordinaria. Nos fotografiamos simulando estar en el mismo andamio sin red de quienes lo construyeron, e iniciamos las tres etapas de la ascensión. El resultado es tan impactante como hermoso. Tras sus cristaleras protectoras, casi puedes hablar de tú a tú con la línea del cielo, con el Central Park, el Hudson y el East River, y con Brooklyn, al fondo,  cubierto por la niebla. Las mejores vistas de este viaje, sin lugar a dudas.

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Luego, nuevo paseo por el Central Park, para despedirnos de Alicia y sus compañeros,  en dirección al Guggenheim. Al célebre Museo, si, pero también al espectacular edificio de
Frank Lloyd Wright, que lo alberga, tan bello y transgresor, como denostado en su época.

El interior lo componen círculos concentricos por los que se accede a los diferentes niveles a base de rampas en las que se expone la colección temporal. Del grupo ZERO, en este caso. Pero nos interesa más,  por falta de tiempo, la colección permanente. Cezanne, Monet, Degas, Renoir, Toulouse Lautrec, Van Gogh, Gauguin, nos maravillan con sus trazos, colores, temáticas,  siluetas y volúmenes tan extraordinarios. Tan diferentes unos de otros y de sí mismos, según la época.

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Como broche final, el Kandinsky menos conocido,  antes de la abstracción, pero con su deliciosa impronta característica y su intensa paleta cromática.

Seis días en Nueva York. Delicias urbanas

En esta jornada,  penúltima de nuestra estancia en la ciudad, decidimos callejear por esos lugares que le confieren unas señas de identidad diferentes a las de la clásica línea del cielo, pero igualmente imprescindibles y fascinantes.

Como, para comenzar,  Washington Square. Una plaza hermosa y señorial donde el tiempo parece haberse detenido. Llena de resonancias literarias, por la obra maestra del mismo título debida a Henry James, y a su no menos notable adaptación cinematográfica, debida a William Wyler. Pero también, salvando mucho las distancias, Rob Reiner separó allí los caminos de sus personajes, Harry y Sally, para volver a reunirlos décadas después.

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O lo que es lo mismo, Olivia de Havilland y Montgomery Clift, Meg Ryan y Billy Cristal, la recorrieron como nosotras ahora y probablemente también disfrutaran de esa rara y preciosa paz que la habita. De ese refinamiento que, ya en clave más bohemia y contemporánea, se extiende al West Village, uno de los barrios más interesantes de esta Gran Manzana inagotable.

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Aquí no existen los rascacielos, sino hermosas casas de ladrillos rojos, hogares de ficción de iconos televisivos como el grupo de Friends o la Carrie, de Sexo en Nueva York. Y, hablando de series, nos tomamos con el rodaje de una. Person of interest. Y con su protagonista,  Jim Caviezel. Y también, no menos sorprendentemente, con el diseñador del paraguas de la hija de la abajo firmante, quien le hizo una foto con él para su twitter. Todo es posible en Nueva York.

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También que la antigua fábrica de unas famosas galletas se reconvierta en un espacio maravilloso, el Chelsea Market, con techos bajos, paredes de ladrillos vistos con una galería de preciosas fotos de estrellas del cine como Grace Kelly, Lana Turner, Bette Davis o Katherine Hepburn, entre otras muchas. Poblado de tiendas de exquisito diseño,  oferta y contenido, merece la visita de todas, todas.

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Y también que una vieja estación de ferrocarril pase a ser un paseo precioso y especial, el High Line, en lo alto, de ahí su nombre. Con suelos de listones de madera,  vegetación a ambos lados,  dejando ver a veces las antiguas vías, caminar por él,  como por el fluvial del Hudson River Park, casi marítimo,  casi oceánico, es una experiencia absolutamente recomendable.

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Seis días en Nueva York. Glorias y miserias

Un conocido escritor y critico le sugirió a quien esto firma que eligera entre ver Nueva York o el MOMA. Y, tras pasar casi tres horas entre sus obras maestras, quien esto firma le dio la razón. Resulta una experiencia tan estimulante como intensa sumergirse en un espacio tan espectacular e imponente como este, el primero del mundo en su especie, en el que también proyectan ciclos de cine. Del georgiano, en este caso.

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Por obvias razones de tiempo, se impone elegir y nos concentramos en tres de sus plantas. En ellas, nos codeamos de tú a tú con las glorias artísticas contemporáneas. Con lo mejor de cada casa en materia pictórica, sobre todo, pero también escultórica. Integradas, por supuesto, y de forma cronológica, en sus movimientos respectivos.

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Todo un privilegio absoluto disfrutar del inmenso talento de gentes tan dotadas como Monet, Picasso, Matisse, Frida Kahlo, Hopper, Georgia Okeefe, Gauguin, Modigliani, Miró, Gris, Braque, Diego Rivera, Leger, Liechtenstein y un enorme punto y seguido. O del impresionismo, cubismo, surrealismo, futurismo, Dada, abstracto…

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Y ahí no queda eso pues, en su precioso y singular patio, se exhiben esculturas de Calder, Henry Moore o el impactante Balzac, de Rodin. No hay palabras para describirlo.

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Pero, en otro orden de cosas, las emociones no acaban aquí, pues, cumpliendo con un rito turístico ineludible, nos espera el clásico musical. A mediodía, y en la tercera fila del teatro Imperial de Broadway,nos disponemos a ver Los Miserables. Una representación vibrante y magnifica, con una excelente puesta en escena, un reparto en estado de gracia y con sus célebres temas tan conmovedores y poderosos, servidos por voces extraordinarias.

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Las glorias del arte y la trágica belleza de la dignidad de la lucha de las criaturas más desheredadas, convierten a este día en otra jornada memorable.

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Seis días en Nueva York. Memoria, Libertad y Justicia

Hola, mañana. Nunca olvidaremos a los que se han ido, pero nuestra mirada se dirige hacia el futuro. Con esta frase, se inicia la entrada en la Zona Cero cuyo homenaje a las casi 3000 personas que perdieron la vida en los atentados del 11S consiste,  a pie de calle, en dos estanques reflectantes, situados donde estaban las Torres Gemelas. El agua que cae en cascada y es succionada en el fondo representa la tragedia, el abismo y el  duelo. Los nombres, todos los nombres, de las víctimas están grabados en sus bordes exteriores, junto a quienes perecieron por salvarlas. Impresiona,  y mucho,  verlo y sentirlo.
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El programa del día incluye sendas visitas a dos islas imprescindibles. La de la Libertad y la de Ellis.
El icono neoyorquino por antonomasia, diseñado por Bartholdi como un enorme puzzle, a base de piezas de cobre que fueron ensambladas por Eiffel, saluda fuerte y potente desde su pedestal a las muchedumbres que le rinden pleitesia y que incluso se permiten atravesar su interior, hacia su base y su corona buscando nuevos horizontes.

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En su habitat, el Hudson se funde con el océano y brilla más que nunca en este día radiante y luminoso. Libertad,  te llaman. Pero también la madre de los inmigrantes, el faro simbólico que les guiaba hacia la Tierra Prometida. Lo primero que veían al arribar al Nuevo Mundo.

Todo ello forma parte de la leyenda y del mito, que termina por hacerse añicos en la isla de Ellis. Cierto es que los nombres de los elegidos estan grabados en los muros exteriores. Pero también lo es que allí,   en un enorme sala, debían soportar rigurosos controles, incluidos los médicos. De sus penalidades anteriores, en la atroz travesía en barco que hubieron de sufrir, da cuenta un documental tan impactante en sus imágenes, como tramposo y mixtificador en su ideología. Tierra de esperanza,  tierra de lágrimas. Asi se llama. Lo fue, lo es y a muchos y muchas les negaron la entrada a las puertas mismas del presunto Paraíso.

Seis días en Nueva York. Horas de Museo

El Metropolitan neoyorquino o, en su abreviatura Met, es, como la ciudad misma,  inabarcable por definición. Así que quien esto suscribe, que no es, ni pretende serlo, ninguna experta en arte, se propone en esta entrada dar cuenta de algunos nombres propios y algunas impresiones provocadas por su visita de ayer allí.

Una visita obligada, por otra parte, pues su oferta en obras maestras del arte de todos los tiempos es tan apabullante como el propio edificio que las contiene. Joyas del arte egipcio, incluidos varios sarcófagos y hasta un templo. Templo presuntamente cedido al Gobierno, pero puede sospecharse slgo menos regular, por decirlo suavemente. Con decirles que tienen hasta una reja, también regalada, según dicen, por la catedral de Valladolid…

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No se puede con todo.Hay que seleccionar y no lo ponen nada fácil, sino todo lo contrario. Nombres propios inmortales, escuelas, movimientos pictóricos, estilos tales como, por ejemplo, los primitivos italianos, Fra Angélico, Fra Filippo Lippi, Botticelli, Tiziano,  Velazquez, El Greco, Goya, Rubens, Rembrandt, Murillo y quienes se les ocurra. Creadoras como Artemisa Gentileshi, Marie Denise Villiers o Adelaide Cabille Guiard.

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Capítulo aparte merece la sala con grandes vidrieras y vistas al Central Park, dedicada al arte americano. Con Tiffany y La Farge a la cabeza, se exhiben púlpitos, escaleras, chimeneas, cerrajerias variadas y hasta una escultura de Diana que Vita Lirola identificó correctamente como la veleta de la antigua Giralda neoyorquina ya demolida. Tal cual.

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Seis días en Nueva York. Naturaleza y Arte

Con un cielo brillante y gris, si, estas paradojas son posibles, nos encaminamos a Central Park que luce precioso, verde y húmedo, junto a los dorados y fucsias otoñales. Frondoso, pero con grandes praderas que permiten contemplar el clásico perfil neoyorquino. Con hermosos lagos que lo recorren y bancos en todos sus caminos.

Bancos de madera con placas de bronce en sus respaldos en las que particulares, que han pagado por ello, recuerdan a sus seres queridos, sus aniversarios de boda, a sus animales perdidos y hasta hacen propuestas matrimoniales. De lo más curioso.

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El edificio Dakota, de siniestro recuerdo tanto en la ficción, por La semilla del diablo, como en la vida real, por el asesinato de Lennon, nos contempla, hermoso e imponente, mientras nos acercamos a la famosa glorieta Strawberry Fields, en homenaje al músico. Con un mosaico en blanco y negro, con la leyenda Imagine. Un clásico que suena allí mismo, en la voz de un artista callejero.

Luego, la preciosa Fuente de Bethesda, es otra parada obligatoria, con su ángel presidiendola, mientras las palomas se posan en sus alas y en su cabeza. Fue esculpida por Emma Stebbins, creadora bohemia y feminista. De ahí, al Castillo de Belvedere, con magníficas vistas a la Quinta Avenida, desde distintas alturas.

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Y el broche de oro de la visita a este parque único es rendir pleitesia al País de las Maravillas, con Alicia, el Sombrero Loco, el Conejo Blanco, el Gato de Cheshire y la Liebre de Marzo. Con la divertida banda sonora de los juegos infantiles en torno a los famosos personajes de ese libro inmortal.

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Seis días en Nueva York. Otros mundos

El otoño neoyorquino nos regala un cielo completamente azul, la tercera variante térmica desde nuestra llegada, con la que disfrutar de otra visión de la ciudad, de sus contornos,  volúmenes y edificios. Otra atmósfera. Hoy toca subir al Empire State o, lo que es lo mismo, el rey del perfil de la Gran Manzana.

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En sus vestíbulos,  pueden verse homenajes a quienes lo construyeron sin red, ni casi medidas de seguridad. Preciosas fotos de la época,  que impresiona contemplar. Y en videos, las personalidades que lo visitaron y los trailers de las películas que lo inmortalizaron como Tú y yo, Algo para recordar, Con la muerte en los talones o Taxi Driver. Pero, sobre todo, la de su personaje fetiche, mi adorado King Kong.

80, 86 y 102 pisos, son las tres alturas desde las que visionar las imponentes y espectaculares vistas de la metrópolis,  con sus iconos más emblemáticos, sus dos ríos,  el Hudson y el East River. Sus tres islas, aparte de Manhattan, Staten, Ellis y Liberty. Sus puentes más conocidos y tres Estados. Una experiencia única.

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Como único es el hecho de atravesar el puente de Brooklyn y sumergirse en otra Nueva York, llena de silencio y paz.Y de Historia. De gentes dignas que lucharon pot la abolición de la esclavitud. Como un joven Walt Withman, periodista a la sazón.

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Y de ahí, al bullicio incontrolable de Tribeca, Little Italy y Chinatown que nos hablan de De Niro, Scorsese o Frank Sinatra. Hay  otros mundos,  pero todos están Nueva York.

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Seis días en Nueva York. Contrastes

La crónica de ayer no dio cuenta de lo visto y experimentado en otra jornada intensa, al estar precedida por un necesario prólogo. Pero,  y aunque escribir con la Tableta resulta exasperantemente lento, la abajo firnante se propone registrarla,  aqui y ahora,  en toda su estimulante complejidad.

Grand Central Terminal es mucho más que la estación más famosa y emblemática de esta ciudad y una visita obligada. Es una obra de arte,  escenario de tantas películas míticas, y un lugar mágico, de un belleza arrebatadora, que se diría suspendido en el tiempo pese a las multitudes que la pueblan. Volveremos sobre ella, porque está prevista otra visita en profundidad, como merece.

Producto de la competencia entre prohombres inmensamente ricos, te acoge con toda su imponente majestuosidad aliada a un exquisito refinamiento. Como la cúpula de su grandioso vestibulo, de fondo turquesa, representando las constelaciones, pero vistas a la inversa, desde la mirada de un dios inmortal. Hasta todos y cada uno de los detalles que la enriquecen y adornan, lámparas, relojes, espacios, formas, superficies, diseños, mobiliario y hasta un llamado rincón de los susurros, donde puedes oir perfectamente lo que te dicen desde la esquina opuesta. Una auténtica joya, en toda su integridad, de la que no quieres despedirte.

Como contraste, sumergirse en el multitudinario bullicio de Broadway, Times Square y la Quinta Avenida donde la elegancia, el kitsch más fascinante y la quintaesencia del consumismo más elitista coexisten pacífica y alborozadamente.
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