SEFF, XII Edición. Toma 15: Fuego amigo

Hace pocos días que se cumplió el vigésimo aniversario del asesinato de Isaac Rabin, a la sazón Primer Ministro israelí en su segundo mandato. Contaba con 73 años y con los Premio Nobel de la Paz y Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, entre otros en su haber. El objetivo de esta entrada no es cuestionar política o ideológicamente tales galardones, sino contextualizar al personaje público.

Un personaje público, además, que se ganó la enemistad de la fracción más fanática y fascista del sionismo por su firma de los Acuerdos de Oslo, en los que se cedían territorios ocupados a cambio de la paz, por expresarlo muy esquemáticamente. Rabinos ultraortodoxos lanzaron la versión israelí de la fatwa contra él, mientras crecía el clima de rabia y exasperación entre ellos. El estudiante integrista Yigal Amir, llevó a cabo el magnicidio el 4 de noviembre de 1995.

Amos Gitai, cosecha del 50 y uno de los cineastas más prestigiosos de su país, ha presentado esta mañana en la Sección Oficial su versión de este sangriento y traumático crimen en ‘Rabin, the last day’. Con 153 minutos de duración, mezcla la reconstrucción de los acontecimientos con el material de archivo documental. El guión lo escribe también él mismo junto a Marie-José Sanselme. Su excelente fotografía es de Eric Gautier. Su sonido, de Nir Alon. Su eficaz partitura, de Amit Poznansky y su potente montaje, de Yuval Orr, Tahel Sofer e Isabelle Ingold. Cuenta asimismo con un reparto muy eficaz y verosímil.

Con una puesta en escena clásica, sobria y muy sólida, integra, con alteraciones temporales en clave de flashbacks o flashforwards, los antecedentes del crimen,  la secuencia de los hechos del Día D y la investigación de la comisión correspondiente, con sus interrogatorios respectivos. También se recoge el del propio asesino. Así consigue una panorámica bastante completa del ambiente de odio que se respiraba en las calles, azuzado por los representantes religiosos, estudiantes, seguidores estrictos del dogma y colonos desplazados de “sus” tierras.

Pero también la sombra de la sospecha sobre el escandaloso fallo de las medidas de seguridad, que escoltas y policías se reprochaban mutuamente. La ausencia de una mínima previsión, que hubiera llevado a impedirlo, del atentado por los servicios de inteligencia teóricamente más eficaces del mundo. Bastante insidiosa, por otra parte. Las propias limitaciones impuestas a la investigación, erizada de temas tabúes. La inmersión en el lado más oscuro de un sionismo cruel, fundamentalista y feroz.

Aunque algo hagiográfica en su apuesta por la paz que propugnaba la víctima y en su respeto por el personaje, es una cinta honesta, poderosa,  muy crítica y del máximo interés. Un thriller político de hecho que, pese a su metraje, mantuvo a quien esto firma clavada en la butaca. Escrito queda.

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