SEFF, XV Edición. Sección Oficial. ‘Vivir deprisa, amar despacio’ : El amor en los tiempos del sida

En el mismo París de los años 90 en que l@s protagonistas de ‘120 pulsaciones por minuto’, de Robin Campillo, enfermos reales o potenciales del virus entonces mortal de necesidad, militaban activamente contra un gobierno, presidido por François Mitterand, contra unos laboratorios y contra asociaciones “oficiales” que les traicionaron y dejaron en la estacada, los personajes centrales de esta película que nos ocupa se encuentran y se enamoran, con todas sus consecuencias y circunstancias vitales de por medio.

132 minutos de metraje. Escrita y dirigida por el autor, guionista y realizador Christophe Honoré, cosecha del 70, correctamente fotografiada por Remy Chevrin y con numerosos temas musicales de la época como unos elementos dramáticos más, su historia narra el romance ya citado, tan intenso como atípico, tan inviable como gozado y sufrido, entre un escritor enfermo, próximo a cumplir los 40, y un joven estudiante bretón a quienes rodean el adorable hijo del primero, con una amiga, no ex pareja, su amigo periodista – ese que tod@s quisiéramos tener – y la pandilla, novia incluida del segundo.

Marcada por la luz y por la sombra; por los contrastes de quien se sabe sin futuro y de quien lo tiene todo por delante; por la sofisticación parisina y la naturalidad bretona; por el amor a los libros y al cine; por ingeniosos y cultivados diálogos, señas de identidad de la mejor cinematografía del país, se niega a ser activista sino que. por el contrario, es profundamente individualista, aunque no por ello menos hija de su tiempo. Luego, también política.

De hecho, es un relato mucho más sentimental que erótico, pues la distancia que separa a los dos amantes y sus respectivos entornos – que acierta a describir muy bien – además del avance imparable del ominoso mal, no les permite disfrutar de su relación en toda su plenitud física. De ahí, las conversaciones telefónicas y las postales que se intercambian.

Habitada por el encanto, pero al tiempo sumergida en una negrura que tiene tanto de afirmativa como de fatalista, no carece de defectos. Como, por ejemplo, cierta dispersión en su relato; algunas tramas secundarias que restan tiempo al núcleo central; uso excesivo en ocasiones de los temas musicales… Aunque tales contradicciones la hacen más compleja, por otra parte, y menos lineal. Su final es contundente y su reparto, sólido. Con especial énfasis en los trabajos de Vincent Lacoste y para quien esto firma, sobre todo, Denis Podalydés. Aunque Pierre Deladonchamps – ‘El desconocido del lago’ – les de la réplica más que dignamente.

Debe verse, deben verla.

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