‘Spencer’: Una vela en el viento

Elton John tocó y cantó en el funeral de Lady Diana Spencer el precioso tema que titula esta entrada, compuesto inicialmente en 1973 para Marilyn Monroe, que adaptó para la que fue su amiga y cuyo estribillo es: «Me parece a mi que viviste tu vida como una vela en el viento…»

Y el productor, guionista y cineasta chileno Pablo Larraín – cosecha del 76, entre cuyos créditos fílmicos están ‘El club’ (2014), Jackie (2016), ‘Gloria Bell’ (2018) o ‘Ema’ (2019), entre otros muchos – la convierte en protagonista, como reza el comienzo del filme, de «una fábula sobre una tragedia»

Dicha fábula comienza cuando un destacamento del ejército se desplaza hasta Sandringham House, en Norfolk, donde la familia real británica va a reunirse por Navidad. En enormes cajas de metal portan las preciosas cargas de alimentos de todo tipo para la celebración.

Mientras, una joven Diana que apenas tiene 30 años, conduce y se pierde por la campiña. Pregunta a la clientela de un bar, que se pasma de asombro al verla, por su destino, y es reconducida al lugar donde no quiere ir.

Un lugar donde la esperan un marido frío e infiel – y olvidadizo, pues les regaló el mismo collar de perlas a ella y a su amante Camilla – una Familia política con la que apenas si se trata, unas normas y un protocolo exasperantes hasta decir basta, en los que todo está regulado hasta el más mínimo detalle.

En un entorno en el que ella es el verso suelto, solo sus hijos – también sometidos a tales compromisos y obligaciones – le proporcionan algo de alegría. Y su vestidora, cómplice y amiga Maggie, con la única que puede hablar donde todo se oye y no hay secretos. Pero tampoco le consienten gozar de su compañía.

Un microcosmos asfixiante y controlador en el que apenas puede permitirse llegar tarde – ¡¡¡incluso después de la reina, pecado mortal!!! – u obviar las reuniones tan regladas en torno a las comidas que ella vomita luego indefectiblemente, pese a los desvelos del chef por reservarle sus postres favoritos como el soufflé de albaricoque.

Un microcosmos muy cercano al añorado lugar de su añorada infancia. Una mansión protegida por alambradas, ruinosa y abandonada, que aún conserva el espantapájaros con un viejo chaquetón de su padre…

Larraín la muestra triste, deprimida, incandescente, furiosa, sintiéndose vejada y humillada, con trastornos alimenticios y sueños, visiones, en los que se identifica con Ana Bolena cuya biografía tiene en su cuarto. Rebelde con causa y, a la vez, esclava de su propio bucle emocional. La muestra en una suerte de pathos cercano a un relato de terror.

La muestra en todo su drama y su gloria, no para la familia pero sí para el mundo exterior representado por medios que no se ven, pero que están al acecho y añaden otro deber más: que las cortinas estén siempre cerradas. La muestra doliente, en una privacidad que no es tal, en oposición a su deslumbrante carisma público.

La muestra en un punto de inflexión en el que debe optar – ante un matrimonio roto y unas reglas que detesta: «ser reina es sólo una moneda» – si debe continuar o no, mientras las Fiestas con su implacable calendario se le imponen. La muestra recibiendo una declaración de amor del todo inesperada. Mientras es férreamente vigilada por el mayor Alistair Gregory. Mientras su rival está en el servicio religioso…

La muestra presa de nostalgias, de visiones delirantes, de huída hacia el pasado, hacia su querida casa en plena noche transgrediendo ley y orden. La muestra con tentaciones suicidas. La muestra en un infierno, en un drama real – en las dos acepciones del término, aunque aquí haya sido fabulado – más grande que la vida, pero habitada por el encanto y con una fuerte personalidad.

La muestra como una madre cómplice y enormemente cariñosa. La muestra como una criatura atormentada y enormemente infeliz. La muestra rememorando su niñez dichosa, tan libre y distinta de este presente que la oprime, cuando todo el futuro se abría ante ella. La muestra tomando una decisión valiente y arriesgada en esas escenas previas a la gozosa conclusión que esta firmante – cuando lo vean entenderán por qué – ha apreciado tanto.

Y lo hace a su manera suntuosa, barroca, vibrante, potente, inquietante, casi operística. Con una puesta en escena tan sutil como excesiva. Tan alucinatoria y desasosegante, como registro puntual de unos días especiales en la vida de una mujer sensible presa en una jaula de oro.

Coproducción entre Chile, Alemania, Reino Unido y Estados Unidos, de 116 minutos de metraje. Su guion corre a cargo de Steven Knight. La fotografía maravillosamente una mujer, Claire Mathon. La excelente banda sonora, que tan bien acompaña al relato, la firma Jonny Greenwood. De su impecable reparto, destacar a una magnética y espléndida Kristen Stewart, que sale indemne de unos ciertos tics en la caracerización, junto a la magnífica Sally Hawkins y al siempre eminente Timothy Spall.

Fíjense que esta firmante cree que a la honorable Diana Frances Spencer le hubiese gustado. Véanla.

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