‘El poder del perro’: La «forja»de un hombre

La revista Fotogramas, en un excelente artículo de Mireia Mullor, del 31 de enero pasado, destaca entre los mejores westerns del presente siglo títulos como ‘Noticias del gran mundo’, de Paul Greengrass (2020), ‘Los hermanos Sisters’, de Jacques Audiard (2018), ‘Los odiosos ocho’, de Quentin Tarantino (2015), ‘Deuda de honor’, de Tommy Lee Jones (2014) o ‘Valor de ley’ (2010), de los hermanos Coen.

Y Cinemanía destaca, en otra estupenda reseña de Laura Maza, del pasado 22 de mayo, algunas miradas de mujer sobre este género que merecen sobradamente estar en la lista anterior. Como, por ejemplo, ‘Meek’s Cutoff’ (2010) y ‘First Cow’ (2019) ambas de Kelly Reichardt, ‘The Rider’ (2017), de Chloé Zhao o ‘El viento’, (2018) de Emma Tammi.

Este, esta que nos ocupa, ‘El poder del perro’ debería figurar en todas las antologías. Porque todos los reconocimientos le son debidos. Ya ha ganado el León de Plata, Mejor Dirección, en Venecia y ha sido segunda finalista a Mejor Película y Premio del Público en Toronto. Y está en todas las quinielas como Mejor Película de los Oscar 2022, entre otras nominaciones.

Coproducción entre Australia, Reino Unido y Nueva Zelanda, de 128 minutos de metraje. La dirige y la escribe, adaptando la novela homónima de Thomas Savage, la prestigiosa Jane Campion que llevaba más de una década sin rodar… – cosecha del 54, con títulos en su haber como ‘Un ángel en mi mesa’ (1990), ‘El piano’ (1993), ‘Retrato de una dama’ (1996) o ‘En carne viva’ (2003) – la fotografía maravillosamente Ari Wegner y la excelente banda sonora es de Jonny Greenwood.

La historia está ambientada en 1925 y, muy esquemáticamente narrada, sigue a dos prósperos hermanos ganaderos, propietarios de un rancho en Montana. Cuando uno de ellos se casa con una viuda, el otro se resiente y hace lo posible por vengarse de su cuñada utilizando a su ambiguo hijo para sus fines. Pero…

Estamos ante una película diferente. Hipnótica, turbia, impía y despiadada, ferozmente cruel y llena de sorpresas que nunca serán gratas. Estamos ante un relato desasosegante de una masculinidad, de unas masculinidades tóxicas que, por enterrar sus deseos más profundos, dañan todo lo que tocan.

Estamos ante un relato complejo, oscuro, poliédrico y perverso de verdugos que han sido víctimas y de víctimas que serán verdugos. Y de una mujer devastada por los celos de quien no se permite reconocerlos.

Estructurada en capítulos y narrada sin prisas, pero sin pausas, fluye ante nuestros asombrados ojos con todas sus densidades, con todos sus significados, con las profundidades abismales de sus sugerencias y revelaciones. Y va mostrando el pathos creciente hasta el demoledor final…

Estamos ante una película negra, negrisima y, por momentos, insondable. Estamos ante una película perturbadora en general y para una sensibilidad animalista, en particular, no porque se maltrate a ninguna criatura no humana en ella, aunque se las utilice en el rodaje, sino porque son las víctimas más inocentes. O las únicas inocentes junto al personaje femenino.

Estamos ante una película bella, siniestra, hermosa, cruel y terrible, con la que Netflix va a coronarse. Estamos ante un reparto en estado de gracia en el que destacar a un eminente, grandioso Benedict Cumberbatch que será nominado y debería recoger la estatuílla al Mejor Actor. Sin olvidarnos de la espléndida Kirsten Dunst, ni de los magníficos Jesse Plemons y Kodi Smit-McPhee.

Estamos ante una película que nadie, nadie, nadie debería perderse.

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