‘Blue Jasmine’: Hermanas

Esta última propuesta de Woody Allen es sensiblemente superior a la horrenda ‘A Roma con amor’, pero no alcanza las cotas superlativas con las que la ha saludado la crítica norteamericana. Tiene muchos valores y también defectos de bulto. A quien esto firma, le pesaron más estos últimos, justo es decirlo, pero no tanto como para obviar sus cualidades.

Y quien esto firma, va a entrar en materia con el extracto de una cita, recogida en esa página imprescindible que es filmaffinity, de Eric Kohn en ‘Indiewire’. Dice así: “‘Blue Jasmine’ pertenece a Blanchett… que la libera de las limitaciones del estilo de Allen, consiguiendo unos resultados más nítidos que los de cualquiera de sus películas tradicionales… que ha producido en los últimos doce años”.

Amén. No sólo eso. La actriz, que está tan superlativa que se permite todos los registros, – trágicos, cómicos, autoparódicos, neuróticos y hasta grotescos – es capaz de superar y transcender la impenitente misoginia de Woody y  conseguir que adoremos a un personaje clasista, egocéntrico, insolidario, egoísta, soberbio, prepotente, gorrón e insoportable.

Después dirán que el realizador ama a las mujeres… Porque el personaje tenebroso de esta función realmente es el de Alec Baldwin, que lo compone muy bien. Adúltero vocacional, estafador, manipulador, mentiroso compulsivo, egoísta a gran escala, sólo atento a generar dinero y placeres a costa ajena, que soborna a su esposa para seguir haciendo su vida, paternalista y machista hasta decir basta. Y, sin embargo, y pese a que se le muestre tal cual, resulta menos ‘penalizado’ que el de Blanchett. Véase a este respecto la reacción del hijo.

Como  esta crítica se ha comenzado casi por el final, casi, hay que recordar que la historia sigue a la rica y refinada dama de la jet neoyorkina que, arruinada por los delitos financieros de su marido encarcelado, recurre a su hermana adoptiva. Una hermana en sus antípodas físicas, de clase, económicos y personales, estupenda Sally Hawkins, por cierto. Pero muy perjudicada por el infame doblaje. Así que se muda a San Francisco con ella y, para soportar tan drástico cambio, se atiborra de pastillas y de recuerdos de su vida anterior.

Menos mal que el humor del director y, sobre todo, como hemos citado el enorme talento de su protagonista, ha conjurado en parte esa confrontación entre ambas mujeres. Aunque no pueda evitar el paternalismo en el retrato de la más teóricamente desafortunada y el trazo grueso del ambiente y los hombres que la rodean. Insisto, el doblaje lo acentúa, si cabe, aún más. No sólo eso. Es grave y tendenciosamente sexista en la resolución que le da a las relaciones de la hermana y más que amable con los machos alfa que la rodean. Lo mismo cabe decir del acoso del odontólogo. Peligrosamente misógino. Dicho queda.

Y también, aunque éste más matizado, en la visión de la época dorada de Jasmine, de la que algunos de sus flashs backs son antológicos y otros penosamente esquemáticos. Su relación laboral en la consulta del dentista es impagable, salvo por lo ya comentado. Lo mejor es imputable a Cate Blanchett, sin ningún género de dudas y algo del ingenio marca de la casa. Aunque la conclusión, dado el tono de comedia, debió de ser muy otra.

En fin, es inevitable verla y, además, la comentaremos el miércoles, 4 de diciembre, en nuestra tertulia de cine, ‘La Palabra y la Imagen’, junto a ‘Woody Allen: El documental’, de Robert B. Weide y a ‘Weekend’, de Andrew Haigh, también reseñada en el blog. A las 19.30, en La Casa del Libro de Sevilla. Les esperamos.

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